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Deconstruir

¿El infierno existe?

Es la creencia que más ata a alguien que ya dejó de creer el resto. Antes de discutir si existe, vale saber qué estamos nombrando cuando decimos «infierno».

La respuesta corta

«Infierno» no traduce una palabra: traduce cuatro —Seol, Hades, Gehena y Tártaro— que querían decir cosas distintas. El infierno con fuego eterno y demonios que te enseñaron se construyó siglos después, con más aporte de Dante que del texto.

Cuatro palabras distintas, una sola traducción

Antes de discutir si existe, conviene saber qué estamos nombrando. Y acá aparece algo que casi nadie cuenta desde el púlpito: «infierno» no traduce una palabra, traduce cuatro, y las cuatro querían decir cosas distintas.

Las palabras originales que en castellano se aplastaron en «infierno»
PalabraQué nombraba
Seol
hebreo, Antiguo Testamento
El lugar de los muertos, sin distinción moral: van los justos y los injustos por igual. No es un castigo, es el destino común. Job y los Salmos hablan de bajar ahí sin que eso implique condena.
Hades
griego, Nuevo Testamento
Es la palabra con la que la traducción griega del Antiguo Testamento tradujo «Seol». Arrastra además todo el imaginario del inframundo griego, que no era cristiano ni hebreo.
Gehena
griego, del hebreo Ge-Hinnom
El Valle de Hinom: un lugar geográfico real, a las afueras de Jerusalén. Es la que usa Jesús cuando habla de fuego.
Tártaro
griego
Aparece una sola vez, en 2 Pedro, y es un término tomado directamente de la mitología griega, donde nombraba la prisión de los titanes.

La Reina-Valera traduce varias de estas como «infierno». Si leés sólo en castellano, no tenés forma de notar que el texto cambió de palabra —y de idea— entre un versículo y otro.

Es exactamente el mismo mecanismo que ya describimos con to'ebah y con arsenokoítai en Re-aprender la Biblia: una traducción toma una decisión, la decisión se vuelve invisible, y después esa decisión se predica como si fuera el texto.

Gehena era un lugar que se podía visitar

Este es el dato que más suele descolocar. Cuando Jesús dice «gehena», no está nombrando un plano metafísico: está nombrando un valle concreto al sur de Jerusalén, que su audiencia conocía y podía señalar con el dedo.

El Valle de Hinom visto desde el este, un valle seco y pedregoso a las afueras de la muralla de Jerusalén.
El Valle de Hinom, a las afueras de Jerusalén, visto desde el este. Esto es «Gehena»: un lugar que se puede visitar, no un reino subterráneo. Library of Congress, colección Matson · dominio público

El Valle de Hinom tenía mala fama por lo que había pasado ahí siglos antes, y funcionaba en el lenguaje como funciona hoy el nombre de un lugar asociado a una tragedia. Cuando alguien dice «eso fue un Cromañón», no está describiendo geografía.

Para quedarte con esto

Que Jesús usara la imagen de un basural en llamas a las afueras de la ciudad no prueba que el infierno no exista. Prueba otra cosa, más chica y más útil: que la imagen del fuego eterno con demonios y tridentes no viene de ahí.

De dónde sale el infierno que te enseñaron

El infierno del que te hablaron —fuego que no se apaga, tormento consciente y sin final, un lugar con administración— se construyó a lo largo de siglos y muy lejos del texto. Le aportaron el imaginario grecorromano, la teología medieval, y sobre todo el arte y la literatura: buena parte de lo que la gente cree que dice la Biblia sobre el infierno dice, en realidad, Dante.

Eso no cierra la discusión teológica, y no pretendemos cerrarla: hay cristianos que sostienen el infierno eterno, otros que sostienen que los que se pierden simplemente dejan de existir, y otros que creen que al final se salvan todos. Las tres posiciones existen dentro del cristianismo y las tres tienen defensores serios. Lo que no es cierto es que haya una sola lectura obvia y que dudar de ella te ponga afuera.

Para qué sirve el miedo

Hay una pregunta que vale más que la teológica, y es la que casi nunca se hace: ¿qué hace ese miedo cuando está adentro tuyo?

Lo que vemos una y otra vez es que el infierno rara vez funciona como una creencia. Funciona como un cierre. Es lo último que queda cuando ya no te convencen los argumentos: podés haber leído los seis textos, podés haber entendido cada palabra en griego, y aun así a las tres de la mañana aparece la pregunta de qué pasa si te equivocaste.

Por eso una amenaza infinita es tan eficaz. No hace falta que le creas del todo: alcanza con que no puedas descartarla, porque el costo de equivocarte se presenta como infinito. Es un argumento diseñado para que no se pueda salir de él pensando.

Qué hacer con el miedo que quedó

Tres cosas, ninguna es un truco.

Distinguir la creencia del reflejo. Mucha gente que ya no cree en el infierno sigue sintiendo su miedo. Eso no es incoherencia: es que se instaló de chico, antes de que pudieras evaluarlo, y los reflejos no se desinstalan con argumentos. Se apagan con tiempo y con evidencia de que no pasa nada.

Preguntarte quién te lo recordaba, y cuándo. Si el infierno aparecía sobre todo cuando estabas por hacer algo que alguien no quería que hicieras, eso dice bastante sobre qué función cumplía.

Saber que este miedo tiene nombre clínico. Cuando es persistente y ocupa horas del día, entra en lo que se describe como escrupulosidad. Está en trauma religioso, con el autochequeo y con qué ayuda de verdad.

Preguntas frecuentes

¿El infierno está en la Biblia? +
Depende de qué llames infierno. Hay cuatro palabras distintas —Seol, Hades, Gehena y Tártaro— que en castellano se tradujeron todas como «infierno» y que no querían decir lo mismo. El lugar de tormento consciente y eterno con fuego y demonios, tal como se predica, se construyó a lo largo de siglos y debe más al arte y a la teología medieval que al texto.
¿Qué es Gehena? +
El Valle de Hinom, un lugar geográfico real a las afueras de Jerusalén con mala fama por lo que había pasado ahí siglos antes. Es la palabra que usa Jesús cuando habla de fuego. Su audiencia podía señalarlo con el dedo: no era un plano metafísico, era un sitio del mapa.
¿Todos los cristianos creen en un infierno eterno? +
No. Dentro del cristianismo conviven al menos tres posiciones con defensores serios: que el castigo es eterno y consciente, que quienes se pierden simplemente dejan de existir, y que al final todos se salvan. Que te hayan enseñado sólo una no significa que sea la única lectura posible.
Ya no creo en el infierno pero le sigo teniendo miedo. ¿Es normal? +
Muy normal, y no es incoherencia. El miedo se instaló antes de que pudieras evaluarlo, y los reflejos no se desinstalan con argumentos: se apagan con tiempo y con la evidencia acumulada de que no pasa nada. Si ocupa horas de tu día, entra en lo que se describe como escrupulosidad y conviene trabajarlo con alguien.
¿Dudar del infierno me hace perder la salvación? +
Ese razonamiento tiene una trampa que conviene ver: usa la amenaza para blindarse de la pregunta. No hace falta que le creas del todo, alcanza con que no puedas descartarla, porque el costo de equivocarte se presenta como infinito. Un argumento construido así no se puede evaluar, y eso ya dice algo sobre qué clase de argumento es.

Fuentes y para seguir leyendo