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Nota

Sobrevivir a las ECOSIEG desde el Sur Global

De dónde vienen las mal llamadas «terapias de conversión», cómo llegaron hasta acá, y por qué elegimos nombrarnos sobrevivientes y no víctimas.

Gastón Onetto Lic. en Psicología ·

Salud mental es poder amar sin miedo

Partamos de una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando un espacio que debería hacerte bien, cuidarte, darte salud mental, es justamente el que te daña?

Es lo que hacen las mal llamadas «terapias de conversión». Y el daño no es un efecto no deseado del método: es el método. Todas las prácticas destinadas a lograr la conversión son inherentemente humillantes, denigrantes y discriminatorias. Combinados, la sensación de impotencia y la humillación extrema generan sentimientos profundos de vergüenza, culpa, autoaversión e inutilidad. El Grupo Independiente de Expertos Forenses, citado por Naciones Unidas, llega a hablar de cambios permanentes en la personalidad.

Todo eso empieza antes de la primera sesión: empieza con la idea de que una persona está enferma o es anormal por su orientación o su identidad y, por lo tanto, hay que corregirla.

Conviene decirlo con los papeles sobre la mesa, porque en este tema la precisión es lo único que nos queda. El informe A/HRC/44/53, que Víctor Madrigal-Borloz presentó ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU en 2020, documenta estas prácticas en al menos 68 países —es un piso, no un total— y recoge la determinación del Grupo Independiente de Expertos Forenses del Consejo Internacional para la Rehabilitación de las Víctimas de la Tortura: ofrecer «terapias de conversión» constituye una forma de engaño, publicidad falsa y fraude. El mismo grupo concluyó que son un trato cruel, inhumano o degradante cuando se llevan a cabo de manera forzada o sin el consentimiento de la persona —y esa aclaración importa, porque es justamente el resquicio donde se escudan quienes dicen que la gente va por su propia voluntad.

En Argentina no hace falta ir tan lejos: la Ley Nacional de Salud Mental 26.657, en su artículo 3, inciso c, prohíbe expresamente hacer un diagnóstico en salud mental sobre la base exclusiva de la elección o la identidad sexual de alguien.

Quienes sobrevivimos podemos contarlo. Muchas personas se nos quedaron en el camino.

La violencia no es natural ni universal

La violencia hacia las personas LGBTIQ+ no es natural, y tampoco es culturalmente universal. Lo que Paul B. Preciado llama el régimen de la diferencia sexual se construyó en Occidente: en la Edad Media, a fuerza del genocidio de mujeres y disidencias que fue la caza de brujas en toda Europa, y después con el exterminio de los pueblos de América y de África durante el avance colonial.

Fuera de ese régimen hubo —y hay— otras formas de ordenar el deseo y el género. En el mundo andino, las crónicas hablan de los qariwarmi, de qari (hombre) y warmi (mujer): chamanes que mediaban entre las esferas duales de la cosmología andina. En el Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, están les muxes, que son parte viva de la comunidad zapoteca. En el pueblo mapuche se recupera hoy la palabra epupillan —epu, dos; püllü, espíritu—, que Antonio Calibán Catrileo trabaja como una forma de habitar la multiplicidad.

Y acá hace falta una precisión que el activismo —el nuestro incluido— suele saltearse, porque va en contra de nuestro propio argumento y aun así hay que hacerla.

Lo que se dice rápido

Que estas identidades son «lo LGBT de antes de la colonia», y que alcanza con enumerarlas para probar que la diversidad siempre existió.

Lo que hay que decir

No son equivalentes entre sí ni traducibles a nuestras categorías. La comunidad Catrileo+Carrión sostiene expresamente que el horizonte epupillan excede lo LGBTIQ+. «Dos espíritus» es un término paraguas acuñado en 1990 para reemplazar un insulto colonial, no una identidad precolonial. Y buena parte de lo que sabemos de los qariwarmi viene de una crónica colonial de 1613, o sea de la mirada que vino a destruirlos.

Lo decimos porque enumerar cinco nombres como si fueran sinónimos aplana exactamente lo que esas comunidades piden que no se aplane. Y porque el argumento no nos necesita inventando un pasado: alcanza con que el régimen que nos persigue tenga una fecha de nacimiento y un lugar en el mapa. La tiene.

Del delito al pecado, del pecado al diagnóstico

Las bases de las terapias de conversión se arman en ese clima. Primero se vio al homosexual como delincuente. Después como desviado moral. Y con el nacimiento de la clínica, como enfermo. Las terapéuticas decimonónicas dieron lugar a prácticas crueles ancladas en explicaciones psicoanalíticas y en praxis conductuales que pudieran torcer lo que consideraban desviado.

Las medidas higienistas del Norte global tenían su base en el fortalecimiento del Estado: los ejércitos necesitaban virilizar a la población masculina y ganar sujetos para la lucha, mientras que a las mujeres se les asignaba un único rol, la procreación. Los campos de concentración nazis, las dictaduras latinoamericanas y los regímenes totalitarios fueron espacios donde muchas de estas prácticas tuvieron lugar y donde se las ensayó: técnicas de la psicología experimental y del conductismo radical probadas sobre cuerpos disidentes. Ahogamientos, terapias de aversión físicas y químicas, electrochoques, métodos de contracondicionamiento.

Lo que hace falta entender es el orden de los hechos, porque desarma el argumento de que esto es «ciencia»:

Cronología de la despatologización, verificada contra la APA y la OMS el 10 de octubre de 2026.
AñoQué pasó
1973La Asociación Psiquiátrica Americana vota sacar la homosexualidad del DSM-II. El referéndum que lo ratifica es de abril de 1974.
1980El DSM-III introduce la «homosexualidad egodistónica»: no había categoría equivalente para una persona heterosexual angustiada por su orientación.
1987El DSM-III-R la elimina.
17 de mayo de 1990La Asamblea Mundial de la Salud aprueba la CIE-10 sin la homosexualidad como diagnóstico. De ahí viene la fecha del 17 de mayo.
1991-1992Joseph Nicolosi publica Reparative Therapy of Male Homosexuality y funda NARTH. Después de todo lo anterior.
2013 · 2018El DSM-5 y la CIE-11 dejan de tratar la identidad trans como trastorno: pasan a hablar de disforia y de incongruencia de género.

Ese es el punto. La terapia reparativa no se queda atrás de la ciencia: se sistematiza a contramano de ella, cuando los organismos ya habían dicho lo contrario. Nicolosi vuelve a traer explicaciones psicoanalíticas que los paradigmas vigentes ya habían superado, y una terapéutica conductista que la comunidad científica reconoce como no efectiva y cruel.

La franquicia: cómo llegó al Sur

Lo que llegó a nuestros territorios no fue una tradición propia. Fue una importación. Casi todos los países de la región recibimos desde el Norte global, a través de franquicias asociadas a iglesias, programas que se diseminaron rápido y que acá se presentaron como si fueran pastoral local.

Eso explica cosas que parecen casualidad y no lo son: que el vocabulario sea el mismo en Buenos Aires, en Lima y en Bogotá; que los testimonios se parezcan tanto entre países que no tienen nada que ver; que aparezcan programas de doce pasos hablando de «quebrantamiento sexual» como si fuera una adicción. Es el mismo material, traducido.

Por qué nos nombramos sobrevivientes

Elegimos la categoría de sobrevivientes por sobre la de víctimas, que es el lugar donde en general se nos coloca. No es un detalle de vocabulario: produce otros efectos subjetivos y nos hace un poco de justicia a quienes fuimos denigrades y a quienes se nos bajó el estatus de dignidad.

«Víctima» es una identidad de paso, y hay que pasar por ahí

A veces la categoría de víctima es un lugar por el que es necesario pasar. Está bueno habitarla, pero como identidad de paso. Es necesaria para entender y validar el daño.

Durante años intentaron hacernos creer que estábamos dañades, que había algo roto en nosotres. Te diagnostican dañade y después te venden la solución. Develar ese engaño —que era imposible curar aquello que no había que curar, que era un fraude, que todo ese tiempo se trató de invalidar lo que sentías— permite ubicar el otro daño. El daño real fue diagnosticarnos como dañades.

Reconocerlo permite también acoger la categoría jurídica de víctima, que está instituida en los códigos penales de casi todos los países, y lo que eso significa: poder decir «estas personas atravesaron una situación que les dañó, que les perjudicó, que produjo efectos dolorosos». Eso es un primer alivio.

Pero quedarse ahí tiene su contraparte

Quedarse en la categoría de víctima te deja en un lugar de impotencia y de dolor. Por eso elegimos nombrarnos sobrevivientes: para poder pensarnos con un poco más de potencia, como actores políticos con capacidad de incidir en la comunidad, en la cultura, en la fe y en las distintas esferas de la sociedad.

Nombrarnos sobrevivientes recupera además una información que no queremos perder: muchas de las personas que transitaron estas prácticas con nosotres no están acá para contarlo. Fueron arrojadas a tal intemperie y a tal dolor psíquico que llegaron al borde del suicidio y ahí terminaron sus vidas. Todes atravesamos esas sensaciones. Realmente consideramos que logramos sobrevivir, porque te llevan a un extremo de autoodio y autodesprecio en el que uno siente, por momentos largos, que no va a poder más.

Reconocernos fue algo muy propio de la grupalidad: empezar a querer reconocernos, y saber que estábamos vivas.
Para quedarte con esto

«Sobrevivientes» no es un eufemismo para decir que nos fue bien. Dice dos cosas a la vez: que existe un proyecto de mundo que preferiría que no estuviéramos, y que estamos igual.

Sur-vive

Desde este sur del mundo gritamos y cantamos junto a las maricas del mundo I will survive. Como las locas que somos, como maricas, como cuiricidades, nos amontonamos en las redes que el Sur global sabe construir. Nos reconocemos marronas, mestizas, mezcladas. Pero sobre todo vivientes, vivas, pulsando la vida frente a una necropolítica y unas necroteologías que no quieren nuestras existencias, que nos prefieren muertas.

Salud mental es poder amar sin miedo. Acá no hay nada que curar.

Esto es una nota de opinión, no una página de recursos ni un tratamiento. Si estás en crisis ahora mismo, en Argentina el 135 (Centro de Asistencia al Suicida) atiende de 8 a 24, gratis desde CABA y Gran Buenos Aires y al 0800-345-1435 desde el resto del país; si es de madrugada, el 0800-999-0091 atiende las 24 horas en todo el país. Y si lo que necesitás no es una línea de crisis sino contárselo a alguien que entienda de qué estás hablando, estamos acá.

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