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Para madres, padres y familias

Mi hijo es gay y soy cristiana: por dónde empezar

Si te enteraste hace unas horas o unos días y todavía no se lo contaste a nadie, esta página está escrita para este momento exacto.

La respuesta corta

No hay nada que curar en tu hijo. La homosexualidad no está clasificada como enfermedad desde 1990, y las prácticas que prometen cambiarla están documentadas por la ONU como capaces de equivaler a tortura. Lo que sí cambia su vida es cómo respondas vos. No hiciste nada mal.

Escribimos «tu hijo» porque es así como la mayoría llega a esta página. Si es tu hija, todo lo que sigue vale igual. Y si tu hijx todavía no encontró la palabra con la que quiere nombrarse, también.

Probablemente no dormiste bien. Puede que hayan pasado tres días y no se lo hayas contado a nadie, porque no sabés a quién se le puede contar algo así sin que se convierta en otra cosa. Puede que estés leyendo esto de madrugada, con el teléfono inclinado, y que hayas cerrado dos o tres pestañas antes de llegar a esta.

No vamos a felicitarte ni a decirte que recibiste una noticia hermosa. Ese no es el lugar donde estás hoy, y arrancar por ahí sería no estar hablándote a vos.

Entonces, lo primero: no hiciste nada mal.

Sabemos que la pregunta que te viene dando vueltas es otra. ¿En qué me equivoqué? ¿Fue algo que hice, algo que faltó, algo que no vi a tiempo? Esa pregunta se siente como amor, y en buena medida lo es, pero viene de una idea que no se sostiene: la de que la orientación de una persona sea el resultado de una falla en su crianza. Nadie pudo mostrar eso nunca. No existe el padre demasiado ausente ni la madre demasiado presente que produzca un hijo gay. Y si no hay una causa que buscar, tampoco hay una culpa que repartir. Ni tuya, ni suya.

Lo que te da miedo, además, probablemente no sea la teología. La teología es la forma que tiene el miedo de volverse discutible. El miedo, cuando se lo mira de frente, suele ser más simple: que sufra. Que lo lastimen. Que se quede solo. Que la vida que imaginaste para él se caiga y no tengas con qué reemplazarla. Que se aleje de Dios, y que algún día eso los separe también a ustedes dos.

Ninguno de esos miedos es ridículo. Y hay exactamente uno sobre el que vos tenés poder real esta semana: el último.

Porque hay algo que quizás no viste todavía. Tu hijo no vino a pedirte permiso. Tampoco vino a anunciarte una pérdida, ni a discutir con vos. Vino a contarte algo que probablemente ensayó durante meses: eligiendo las palabras, calculando el día, imaginando de antemano cada una de tus reacciones posibles. Hay gente que se lleva eso a la tumba sin decírselo nunca a su madre. Él te lo dijo a vos.

Eso no es el final de la relación. Es la prueba de que sigue habiendo una.

Quienes escribimos esto fuimos ese hijo. Varios crecimos en la iglesia: cantamos en el grupo de alabanza, fuimos a los campamentos, servimos en el ministerio de jóvenes. Y algunos de nuestros padres estuvieron parados justo donde estás vos ahora, en la cocina, a la noche, sin saber qué hacer con lo que acababan de escuchar.

Unos cuantos de ellos hicieron lo que les recomendaron hacer. Nos llevaron a hablar con el pastor, nos anotaron en un retiro, nos consiguieron un psicólogo «que entendía del tema». Después de eso tardamos años en volver a hablarnos de verdad. Y varios volvimos: no porque hubiéramos cambiado, sino porque en algún momento ellos dejaron de tratar nuestra vida como un problema a resolver.

Te lo contamos porque queremos que sepas dos cosas al mismo tiempo. Que esto se puede atravesar sin perder a tu hijo. Y que también se puede perder.

Así que lo único que te pedimos hoy es una sola cosa: no lo mandes a ningún lado.

No a un retiro, no a un proceso, no a una consejería que prometa trabajar «la raíz» de esto. Es muy probable que en los próximos días alguien te lo ofrezca, casi siempre con buenas intenciones y con genuina preocupación por él. Más abajo está exactamente qué preguntar antes de decir sí.

Podés no tener resuelto todavía qué pensás. Podés no saber qué le vas a decir a tu familia, ni qué hacés el domingo en tu iglesia, ni cómo se acomoda esto con lo que creés. Nada de eso hace falta para lo de esta semana. No tenés que estar de acuerdo hoy para no hacer daño hoy: son dos cosas distintas, y la segunda no espera a la primera.

Lo que sigue es más práctico. Qué se sabe, qué preguntar si te ofrecen un retiro, qué decirle en estos días y qué hacer con tu pastor. Podés leerlo ahora o volver mañana; va a seguir acá.

Lo que se decide esta semana no es qué pensás de esto. Es si lo mandás a algún lado.

¿Se puede cambiar? Qué dice la evidencia

Lo que te van a decir

Que hay algo que se puede tratar, que conocen gente que cambió, y que si el proceso no funciona es porque tu hijo no puso suficiente fe.

Lo que está documentado

Que no hay nada que tratar. La OMS la sacó de la lista de enfermedades en 1990, la OPS sostiene que no existe indicación médica para cambiarla, y la ONU describe esas prácticas como capaces de equivaler a tortura.

Conviene separar esto en dos afirmaciones, porque son dos discusiones distintas y se suelen mezclar.

La primera es que no hay una enfermedad. Y no es una novedad reciente: el 17 de mayo de 1990 la Asamblea Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de la lista de trastornos mentales al aprobar la nueva Clasificación Internacional de Enfermedades. Hace más de treinta y cinco años.

La segunda es que las prácticas que prometen cambiarla no son un tratamiento discutido: son un tratamiento sin objeto. Es lo que dijo la Organización Panamericana de la Salud en 2012, y lo dijo con estas palabras: «ya que la homosexualidad no es un trastorno o enfermedad, no requiere cura», y por lo tanto «no existe indicación médica para el cambio de orientación sexual».

Las cuatro fuentes en las que se apoya esta sección, verificadas en su documento original el 5 de agosto de 2026. Los links están al final de la página.
Fuente y fechaQué dice
OMS · Asamblea Mundial de la Salud, 17 de mayo de 1990Retira la homosexualidad de la lista de trastornos mentales al aprobar la nueva Clasificación Internacional de Enfermedades.
OPS · «Curas» para una enfermedad que no existe, 2012«No existe indicación médica para el cambio de orientación sexual». Las prácticas que la prometen son «una grave amenaza para la salud y el bienestar, inclusive la vida, de las personas afectadas».
ONU · Informe A/HRC/44/53, 2020Pide a los Estados que las prohíban y las describe como prácticas que pueden equivaler a tortura.
Argentina · Ley 26.657 de Salud Mental, artículo 3No puede hacerse un diagnóstico en salud mental sobre la base exclusiva de «elección o identidad sexual», ni de «demandas familiares» o de la «falta de conformidad o adecuación con valores morales, sociales, culturales, políticos o creencias religiosas prevalecientes».

Esa última fila conviene leerla dos veces: describe con precisión incómoda la situación en la que estás. La ley argentina dice que ni tu pedido como madre, ni el hecho de que la vida de tu hijo no coincida con lo que se espera en tu comunidad, alcanzan para que un profesional le haga un diagnóstico. Si alguien matriculado acepta «tratarlo» por eso, está incumpliendo la ley que regula su propia práctica.

El dato que habla de vos, no de él

Hay un estudio que se cita seguido en esta discusión y que no mide nada de tu hijo. Mide lo que hace la familia.

En 2009, un equipo encabezado por Caitlin Ryan publicó en la revista Pediatrics un estudio con 224 jóvenes lesbianas, gays y bisexuales de 21 a 25 años. Les preguntaron por el trato que habían recibido en su familia durante la adolescencia. Quienes reportaron altos niveles de rechazo familiar tenían 8,4 veces más probabilidad de haber intentado suicidarse que sus pares de familias que reportaron rechazo bajo o nulo. También 5,9 veces más probabilidad de tener altos niveles de depresión.

Digamos también lo que ese estudio no es, porque si no lo decimos acá alguien lo va a usar para descartarlo entero: es una muestra estadounidense de 224 personas, blancas y latinas, y el rechazo se midió por lo que cada una recordaba de su propia adolescencia. No es un experimento y no prueba una causa mecánica.

Lo que sí muestra es que la respuesta de la familia no es un detalle emocional al margen del asunto: es una variable de salud. Vos no elegiste estar en esta situación. Pero sos hoy la persona con más influencia sobre cómo termina.

Si alguien de tu iglesia te ofreció un retiro

Nadie te lo va a ofrecer con el nombre que tiene. Nadie va a decir «terapia de conversión»: eso quedó para los informes de la ONU y las notas de los diarios. Lo que vas a escuchar es otra cosa, y suena bien: sanidad interior, restauración, un proceso, una consejería, un campamento de varones, un padre espiritual, trabajar la herida paterna.

Varias de esas palabras nombran prácticas amplias que existen en muchísimas iglesias y que no tienen por qué tener nada que ver con esto. Lo que las convierte en una práctica de conversión es una sola cosa: que el resultado esperado esté decidido de antemano, y que ese resultado sea que tu hijo deje de ser quien es.

De las cuatro preguntas que siguen, hay una que decide sola. Preguntala primero.

¿Se puede terminar este proceso siendo gay?

Si la respuesta es sí

Hay una salida que no depende de que tu hijo cambie. Puede ser un acompañamiento honesto: seguí con las otras tres preguntas.

Si es no, o no te contestan

El final está decidido de antemano, y no lo eligió él. Eso es una práctica de conversión, aunque nadie la nombre así.

Las otras tres sirven para confirmar lo que ya sabés. No hace falta ser confrontativa con ninguna: alcanza con pedir las respuestas por escrito o delante de alguien más.

  • ¿Cuál es el objetivo declarado? «Acompañarlo» no alcanza como respuesta. Preguntá qué se consideraría un buen resultado y qué se consideraría un fracaso.
  • ¿Quién lo dirige, con qué formación, y quién responde si algo sale mal? Si hay un profesional matriculado a cargo, tiene un colegio provincial que lo supervisa. Si no hay nadie, no hay a quién reclamarle nada.
  • ¿Qué se le va a pedir que cuente, y delante de quién? Preguntá concretamente si hay grupos donde se comparta lo íntimo delante de otros, si se pide no hablar del contenido afuera, y si hace falta que un pastor lo avale para poder entrar.

Si querés ver cómo se ve esto por dentro, hay once señales concretas —con el vocabulario real de programas que funcionaron en Argentina— en «Sanidad interior»: cómo saber si es terapia de conversión. Está escrita para quien está adentro, y por eso mismo sirve para saber qué le va a pasar a tu hijo si entra. Y si ya hubo un proceso, aunque haya sido breve, qué deja esto y por qué no es su culpa explica qué mirar en los meses que siguen.

Qué decirle esta semana

No hace falta que tengas un discurso preparado. Alcanza con que lo que digas no cierre la puerta.

Cinco cosas que sirven

  • «Gracias por decírmelo.» Es lo más simple y lo que menos se dice. Reconoce lo que le costó y no te obliga a opinar sobre nada.
  • «Te quiero igual, y eso no está en discusión.» Decilo aunque te parezca obvio. No es obvio para alguien que pasó meses imaginando que podía dejar de ser querido.
  • «Todavía no sé bien qué hacer con esto, pero lo voy a pensar con vos y no en contra tuya.» Es honesto, y la honestidad sostiene mucho mejor que un entusiasmo que no sentís y que él va a detectar igual.
  • «¿Querés que esto lo sepa alguien más, o lo dejamos entre nosotros?» Le devuelve una decisión que es suya, y que suele ser la que más angustia.
  • «¿Cómo venís? ¿Hace mucho que estás con esto solo?» Preguntale por él y no por el tema. Casi nadie lo hace, y es lo que más se recuerda después.

Y tres que hacen daño aunque no lo parezca

  • «Yo te acepto, pero Dios…» Todo lo que va después de esa coma borra lo que dijiste antes. Si necesitás tiempo con la parte teológica, decí que necesitás tiempo; no la uses como el lugar desde donde hablar.
  • «¿Estás seguro? Es una etapa. Sos muy chico todavía.» Suena a duda amable y se escucha como «no te creo». Lo que provoca no es que se replantee nada: es que deje de contarte cosas.
  • «Esto me está matando. No sabés lo que me estás haciendo.» Puede ser verdad, y lo que estás sintiendo es mucho. Pero decírselo a él lo vuelve responsable de tu dolor, y a los dieciséis años eso se carga durante años. Ese dolor merece un lugar donde ir; ese lugar no es él.

Y si hoy no te sale ninguna de las cinco, hay una versión mínima que alcanza para esta semana: «necesito unos días para acomodar la cabeza, pero no te vayas».

Para quedarte con esto

Si de las ocho frases te acordás de una sola, que sea la primera. «Gracias por decírmelo» no te compromete con ninguna posición, no te obliga a opinar sobre nada, y le dice lo único que necesita escuchar hoy: que contártelo no fue un error.

Qué hago con mi pastor, con mi familia, con mi iglesia

Esta es la parte que casi nadie te va a decir en voz alta: el costo social es real y no te lo vamos a minimizar. Hay comunidades donde contar esto te cambia el lugar que tenías, y perder eso —de un día para el otro, después de veinte años— no es un detalle. Tres cosas que conviene tener claras antes de hablar con alguien.

  • Contar no es tu decisión: es de tu hijo. Puede parecer natural pedir consejo a tu pastor o contárselo a tu hermana, y sin embargo eso hace pública una información que no es tuya, en una comunidad donde él todavía tiene que moverse. Preguntale antes. Siempre.
  • No estás obligada a pedir orientación pastoral sobre la vida de otra persona. Podés hablar de lo que sentís vos —que es mucho— sin poner la vida de tu hijo en la mesa de una reunión de liderazgo.
  • La respuesta que te dieron no es «la» respuesta cristiana: es la de tu comunidad. En Argentina hay iglesias con posición escrita y pública sobre esto: la Iglesia Evangélica Metodista Argentina tiene un protocolo de género, y las Iglesias de la Comunidad Metropolitana llevan décadas trabajando con personas LGBT. Que eso exista no significa que tengas que cambiar de iglesia. Significa que la que escuchaste no es la única posible desde la fe.

Y si lo que necesitás es hablar de esto con alguien que no vaya a comentarlo con nadie de tu congregación, estamos acá.

Y la Biblia

Vas a notar que en toda esta página no discutimos un solo versículo. Es a propósito.

No es porque no haya nada que decir: hay seis textos que se citan siempre y hay bastante para decir sobre cada uno, empezando por lo que dicen en el idioma en que se escribieron. Es porque la primera semana no se juega en el terreno de la exégesis, y porque no nos parece que nos corresponda meternos en tu fe sin que nos invites.

Cuando quieras mirarlos, están los seis, uno por uno, con el texto original al lado y las fuentes a la vista, en Re-aprender la Biblia. Si lo que te sirve es entender el vocabulario que estás escuchando, está el glosario. No hace falta que sea hoy.

Si sos una madre o un padre que ya pasó por esto

Esta página tiene un hueco, y preferimos decirlo antes que disimularlo.

La escribió gente que fue el hijo, no gente que fue la madre. Sabemos con precisión qué se siente del lado de quien lo cuenta, y bastante menos del lado de quien lo escucha. Y a una madre le cree otra madre.

Así que si vos ya estuviste en esta cocina —incluso, y sobre todo, si en su momento hiciste algo de lo que acá pedimos no hacer— hay alguien llegando hoy a esta página a quien tu experiencia le va a servir más que todo lo que podamos escribir nosotros. Escribinos y contanos que sos una madre o un padre: vos elegís cómo se publica, con tu nombre, con un seudónimo o de forma anónima, y no se publica nada sin que lo leas antes.

Preguntas frecuentes

¿Es culpa mía? +
No. No hay evidencia de que la crianza determine la orientación sexual de una persona: no existe el padre demasiado ausente ni la madre demasiado presente que produzca un hijo gay. La pregunta «¿en qué me equivoqué?» viene de un modelo que no se sostiene, y por eso no tiene respuesta. Lo que sí depende de vos no es su orientación: es lo que él va a recordar de cómo reaccionaste.
¿Y si es una etapa? +
Puede ser que todavía esté entendiendo cosas, y eso es normal a cualquier edad. Pero tratarlo como una etapa no acelera ninguna claridad y sí tiene un costo: le enseña que lo que te cuenta no te lo tomás en serio. Lo que se pierde con esa frase no es la discusión, es que te siga contando cosas. Podés esperar sin poner en duda lo que te dijo.
¿Puedo amarlo y seguir creyendo que está mal? +
Hoy, sí. Esa contradicción es el lugar exacto donde está la mayoría de las madres y los padres creyentes cuando llegan acá, y no hace falta resolverla esta semana para no hacer daño esta semana. Lo que no se puede es usar eso que creés como el motivo para intervenir sobre su vida: mandarlo a un proceso, condicionar tu afecto a que cambie o pedirle que lo esconda. Creer algo y hacerle algo son dos cosas distintas.
Me ofrecieron un retiro de «sanidad interior». ¿Eso es una terapia de conversión? +
La pregunta que lo define es una sola: ¿se puede terminar ese proceso siendo gay? Si la respuesta es que no, o que eso sería no haberlo completado, entonces es una práctica de conversión, aunque nadie use nunca esa palabra. «Sanidad interior» nombra una práctica de oración amplia que existe en muchas iglesias y que no siempre tiene que ver con esto: lo que la convierte en otra cosa es que el resultado esté decidido de antemano.
¿Qué hago si mi pareja quiere mandarlo a un retiro? +
Antes de discutirlo entre ustedes, pedí juntos las respuestas concretas: qué se consideraría un éxito, qué pasa si termina el proceso siendo gay, quién lo dirige y con qué formación, y qué se le va a pedir que cuente delante de otros. En la mayoría de los casos esas preguntas no tienen respuesta, y eso desarma la conversación mejor que cualquier argumento. Y tené presente que en Argentina la Ley 26.657 prohíbe que se le haga un diagnóstico en salud mental por su orientación o por pedido de la familia: no es solamente una diferencia de opinión entre ustedes.

Esto no es asesoramiento profesional ni pastoral: lo escribió gente que pasó por esto, no terapeutas. Si tu hijo está en crisis, el Centro de Asistencia al Suicida atiende de 8 a 24 al 135 (gratuito desde CABA y Gran Buenos Aires), al (011) 5275-1135 y al 0800 345 1435 desde el resto del país. Si es más tarde, el 0800-999-0091 del Ministerio de Salud atiende las 24 horas de los 365 días, en todo el país. Y si lo que necesitás es hablarlo vos, con alguien que ya estuvo del otro lado de esta conversación, escribinos.

Fuentes y para seguir leyendo