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Una historia · contada por Tomi

¿Y si no hay nada que curar?

Tomi creció como hijo de un pastor evangélico y pasó por un ministerio que intentó exorcizarle «el demonio de la homosexualidad».

Tomi mirando a cámara, con un invernadero de vidrio y plantas detrás.
La historia en pocas líneas

Tomi tiene 28 años, es ilustrador y da talleres de arte para chicos. Se crió como hijo de misioneros bautistas: entró en un ministerio de liberación que intentó exorcizar «el demonio de la homosexualidad», y llegó a intentar conocer a una mujer para ver si eso lo curaba. Hoy vive como gay y cristiano a la vez.

¿Quién soy?

Tengo veintiocho años y soy de la ciudad de Córdoba, donde vivo con mi perra. Me dedico a la ilustración y a dar talleres artísticos para niños y adolescentes. Siempre me gustó el arte: además de dibujar, amo escribir, leer y el teatro musical. Publiqué una novela de drama juvenil a los dieciséis años y, aunque nunca dejé de escribir, seguir ese sueño está pendiente. Sí me formé en teatro desde chico, y es un terreno que sigo explorando. Actualmente estoy haciendo la tesis de la Licenciatura en Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Córdoba.

Hablar del arte no es un detalle menor en mi historia. Estas características, que forman parte de mi identidad, siempre me mantuvieron en la mira de muchas personas, sobre todo por no responder al estereotipo de hombre heteronormado al que le gusta el fútbol y las películas de acción. Estas imposiciones sociales se hacen más evidentes todavía dentro de una familia evangélica.

Nací en Córdoba Capital, pero pasé toda mi infancia y mi adolescencia en una ciudad del interior. Mis papás eran misioneros: después de terminar su entrenamiento en Brasil y Perú, los enviaron a abrir una iglesia ahí. Mi papá pasó a ser pastor y mi mamá, maestra de escuela dominical. Eran personas respetadas en el ámbito evangélico, tanto por su labor como por su conocimiento de la Biblia. Crecí escuchando a otros hablar maravillas de mi papá y de cómo él los había guiado en el camino de Jesús.

Pero esa imagen de familia cristiana perfecta convivía con otra realidad. Dentro de las cuatro paredes de mi casa, mi papá era un hombre extremadamente violento, narcisista, machista y manipulador.

Siempre le tuve miedo, y me sentía incompleto por no parecerme a él en nada.

Mi carácter, mis gustos y mi personalidad eran totalmente opuestos a los suyos, y a los de la mayoría de los varones de mi entorno. Eso empezó a encender alarmas en otros adultos de la congregación, y ese enfoque se volvió más invasivo a medida que crecía. La iglesia en la que crecí seguía una doctrina bautista y conservadora, donde tu conexión con Dios se medía en cuánto servías adentro de la iglesia y en cuánto se parecía tu imagen al arquetipo de hombre o mujer que, según ellos, agradaba a Dios.

El momento bisagra

A los cinco años estaba jugando en el comedor de casa mientras mi mamá hablaba por teléfono. En la tele estaban dando el noticiero. Sin ningún motivo en particular, y lejos de esconderme, me acerqué a la pantalla y le di un beso al periodista que hablaba. Ese gesto, que para mí fue una simple picardía, desató un momento crucial en mi infancia.

Mi mamá se sentó en la mesa y empezó a hacerme un montón de preguntas. Me llené de confusión y no pude evitar romper en llanto. Ella se tenía que ir; cruzó la puerta y yo me quedé llorando amargamente en el comedor, sin saber qué había hecho mal. Minutos después volvió, se sentó conmigo y empezó a orar por mí.

Desde entonces fue imposible que no sintiera que cada cosa que hacía o decía estaba siendo evaluada. Todos los adultos que me rodeaban parecían mirarme con recelo.

El bullying en la escuela primaria fue un tormento que desató en mí muchas inseguridades y un odio hacia mí mismo.

Me costaba hacer amigos, tanto en la escuela como en los círculos cristianos.

Aunque la sexualidad fuera un tabú en la iglesia, yo tenía claro —y me atrevo a decir que de forma natural— que tenía una preferencia por los varones. En las caricaturas o las películas que veía siempre tenía un personaje masculino favorito que me generaba un hormigueo, y las mujeres me parecían fabulosas por poder usar maquillaje, tacos y estilos más extravagantes. Sentía que el mundo de los niños era menos colorido.

Como me sentía bajo una lupa, empecé a explorar mis gustos a escondidas. Esperaba a estar solo, sin vigilancia, para jugar a que usaba tacos, que tenía fiestas de té, que era una princesa, cosas por el estilo. Tengo clarísimo que esto no tiene nada que ver con la homosexualidad. Pero muestra cómo los estereotipos de género terminan arruinando la inocencia de un niño que solo quería aprender a jugar, y no conformarse con lo que se suponía que era «de niño».

Aunque yo hiciera todo eso en secreto, las alarmas seguían sonando en la cabeza de líderes, maestros y pastores. Llegar a la adolescencia fue un atropello: no solo era una persona insegura que se odiaba a sí misma, sino que ahora tenía claro que las mujeres no me atraían.

Decidí construir un personaje que se viera perfecto. Servía en la iglesia lo más que podía, era un estudiante modelo, hacía muchas actividades extracurriculares y priorizaba muchísimo mi relación personal con Dios. Quería ser el adolescente cristiano que hiciera sentir orgullosas a las figuras de autoridad.

Por dentro no solo me odiaba: empecé a desarrollar síntomas de depresión y ansiedad. Tenía ataques de pánico, momentos de ira, me autolesionaba, lloraba sin motivo, tenía parálisis del sueño, insomnio, irritabilidad y pensamientos suicidas constantes. Había días en que, las veinticuatro horas, mi cabeza reproducía escenarios donde yo moría de formas grotescas y trágicas.

A los diecisiete años, por fuera, era la persona que había decidido construir: un chico que servía en la iglesia y amaba a Dios, que nunca había ido a una fiesta ni probado el alcohol o las drogas, que jamás había intimado con nadie, que terminó el colegio con las mejores notas y que estaba por empezar la universidad. Mudarme a Córdoba fue el punto más alto de mi depresión: ahí me di cuenta de que era imposible ocultar mi homosexualidad. Por más que me hubiera esforzado en ser un chico heteronormado, la gente decía que yo parecía gay.

Empecé a buscar «ayuda» y a contar, de a poco, mi «problema». Fue ahí que entré al mundo de las terapias de conversión.

Las «terapias»

Empecé un tratamiento con dos psicólogas cristianas que me derivaron a un ministerio de liberación de una iglesia evangélica. Además de hacerme entrevistas, tuve mi primer contacto con algo parecido a un exorcismo: me pidieron que me sentara en una colchoneta, y a mi alrededor había un montón de personas orando y nombrando a los demonios que tenían que salir de mí.

Como era de esperar, esas terapias no tuvieron ningún efecto en mi orientación sexual. Eso me generaba una frustración enorme, que agravaba más mi cuadro depresivo. En la universidad ya no estaba dentro de la burbuja evangélica en la que me había conservado: ahí podía escuchar cómo otras personas vivían la vida bajo otras lógicas, filosofías y perspectivas que, según mi formación cristiana, eran diabólicas.

La iglesia a la que me congregaba, ya en la facultad, también tenía un ministerio de liberación. Tenía sesiones semanales donde intentaban liberarme. Esas terapias alimentaron una nueva paranoia: ahora resultaba que existía «el demonio de la homosexualidad», que además, según esos líderes, estaba emparentado con el demonio de la pedofilia.

Yo realmente creía que había nacido fallado, que el enemigo me había roto antes de nacer, y que tenía que ser transformado y liberado para dar testimonio del poder de Dios.

Si Dios, creador del cielo y de la tierra, ser supremo que todo lo puede, no parecía interesado en extirpar la homosexualidad de mi cuerpo, ¿quién iba a hacerlo?

Mi angustia era inminente. No quería comer, no quería ver a nadie. Estaba todo el tiempo enojado o llorando. Me cortaba los brazos con frecuencia, y me refugiaba en la pornografía heterosexual como una especie de terapia personal: pensé que quizás, viendo el acto entre personas de sexos opuestos, me podía corregir.

En mi desesperación encontré una «tercera oportunidad»: un ministerio dedicado exclusivamente a las terapias de conversión, liderado por personas que habían sido «libres» del espíritu homosexual. Durante casi dos años dediqué mi mente y mi tiempo a que esas terapias funcionaran. A diferencia de las anteriores, esta pedía pagar una cuota mensual y una matrícula. Estaba armada en base a módulos que tocaban distintos temas, clases grabadas, testimonios. Incluso había retiros y campamentos enfocados en eso.

Sentía que la muerte iba a llegar si no era libre de una vez. Para ese entonces mis amigos y conocidos ya empezaban a formar pareja y a planear casamiento —en el mundo evangélico es muy común casarse joven— y yo me sentía a años luz de dar ese paso. Como mi mente y mi cuerpo estaban totalmente agotados, creí que la forma más efectiva de curarme era darme la oportunidad de conocer a una chica. Puse toda mi energía en armar una performance de chico masculino, misterioso y a la vez cálido y dulce.

Empecé un proceso de conocer a una chica, pero no pasó mucho tiempo hasta que me di cuenta de que estaba perdiendo mi tiempo: nunca llegamos a ponernos en pareja, y lo que yo sentía por ella no iba a cambiar. Lo peor no era eso, sino ser consciente de que, si seguía por ese camino, podía terminar construyendo una vida entera con alguien a quien nunca iba a poder desear. Sentía que eso era tan injusto para ella como para mí. No podía ser tan egoísta.

El momento de decir basta

Aquel niño que quería agradar a Dios y cumplir con el propósito que le habían encomendado se había convertido en un joven roto, deprimido, que se odiaba profundamente. Me preguntaba: ¿cómo puede ser que mi vida se haya reducido a tratar de convertirme en heterosexual? ¿Acaso Dios ignora cuánto lo intenté? ¿Por qué no me quiere hacer libre?

Entre un sinfín de preguntas parecidas, hubo un momento de silencio. Ahí apareció una pregunta que hasta entonces no me había permitido hacerme.

¿Y si no hay nada que curar?

Ya estaba tan agotado que en ese momento me importaba mucho menos parecer «rebelde» y empezar a cuestionar las doctrinas cristianas, o ciertos planteos de la iglesia o de líderes respetados. Empecé a buscar en internet historias de personas que hubieran pasado por lo mismo que yo y que hoy aceptaran su orientación. Fue increíble descubrir que eran más de las que yo creía, y que no todas habían caído en una vida miserable por aceptar aquello que, según la iglesia, era el plan del enemigo. No solo había historias: también había teólogos, estudios y otras perspectivas que me hicieron dar cuenta de que todo lo que para mí venía de Dios, en realidad eran interpretaciones humanas que se intentaban imponer como verdades sagradas.

Yo sabía que si seguía luchando contra mí mismo de la manera en que lo estaba haciendo, me iba a terminar muriendo. Con mucho miedo y mucha valentía a la vez, decidí reconocer en voz alta que me gustaban los hombres y que ya no iba a ir en contra de eso.

Eso, por supuesto, tuvo un desenlace negativo en mis círculos cristianos. Y como venía arrastrando hacía años un cuadro psiquiátrico que nunca había tratado un profesional, empezar a sanar fue un camino cuesta arriba. Había demasiado odio, rechazo y tristeza adentro mío. Había mucha manipulación y muchas heridas: básicamente, toda mi configuración interna estaba en cortocircuito. Tratar esas heridas de a poco hizo que, más de una vez, quisiera darme por vencido.

No hay forma de explicar cuán agradecido estoy de que esos intentos no hayan logrado lo que buscaban. Paso a paso me fui animando a volver a conocer a Dios por fuera de esa imagen condenatoria, y a explorar esa parte mía que tanto había reprimido por miedo a que Dios me rechazara.

El ahora

Sé que todavía tengo muchísimo para sanar. Fueron muchos años en los que la angustia y el odio se alojaron en mí, y no es nada fácil desacostumbrar el cuerpo a esas emociones. Pero la lucha diaria se vuelve reconfortante cuando soy consciente de que hoy no soy alguien que desea morirse para dejar de sufrir. Hoy tengo metas, tengo sueños, tengo ganas. Y no vivo bajo esa lupa de condena en la que sometía a juicio cada acción o pensamiento. No le deseo esa vida a nadie.

Quizás ya no soy el que vivía arrodillado, orando y buscando servir a Dios en cada área posible de la iglesia. Pero lo que hoy hago lo hago desde un lugar genuino, de deseo real. No busco a Dios por miedo, y tampoco me condeno por querer ser feliz y hacer cosas sin que tenga que haber un propósito divino detrás.

Tomi sentado, leyendo un libro con una taza en la mano, con zapatillas de cordones de colores arcoíris.
Tomi, hoy.
Para quedarte con esto

Hoy soy Tomi: soy cristiano, soy artista, soy divertido, soy gay… y me encanta serlo.

Si esto te tocó de cerca. El 135 del Centro de Asistencia al Suicida atiende de 8 a 24, gratuito desde CABA y Gran Buenos Aires, y al (011) 5275-1135 desde el resto del país. Fuera de ese horario, el 0800-999-0091 del Ministerio de Salud atiende las 24 horas en todo el país. Y si querés hablarlo con alguien que pasó por esto, estamos acá.