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Una historia

Cinco años intentando dejar de ser gay

Nico tenía 18 años cuando empezó. El programa duraba dos y daba un alta al final. Él estuvo cinco.

Nico sonriendo al aire libre, de noche, con vegetación detrás.
La historia en pocas líneas

Familia evangélica, atracción por otros chicos a los 14, un hombre que llegó a la iglesia diciendo que había dejado de ser gay. De ahí, cinco años de terapia individual y grupal con bibliografía, confesiones públicas y un diagnóstico armado en una tarde. Lo que lo sacó no fue entender: fue que le echaran la culpa.

Nico lo contó en una conversación con Gastón, grabada para el curso sobre ECOSIEG del consorcio EDIEdu. 21 minutos. El video está alojado en este sitio: no hay reproductor de terceros y nadie registra que lo hayas visto.

Lo que se escuchaba en casa

Me crié en una familia evangélica muy activa en la iglesia. La nuclear y la extendida: tíos, abuelos, todos. Así que desde muy chico todo venía teñido por el deber ser bíblico y por la imagen que Dios tenía de las cosas según esa interpretación.

Alrededor de los 14 o 15 empecé a darme cuenta de que sentía atracción por otros chicos. Y eso era difícil de gestionar, porque para mi familia ser homosexual era básicamente ser un pecador que se iba al infierno. Lo peor que podías hacer.

A veces escuchaba, en charlas y conversaciones, frases como:

Prefiero que sea drogadicto, asesino o cualquier cosa, antes que gay.

Esos discursos van calando profundo en la psiquis de un adolescente que encima está en pleno proceso de construcción de su identidad.

El hombre que llegó a la iglesia

A los 18 vino a hablar a la iglesia una persona que traía un mensaje de restauración: contaba su experiencia, decía que él había sido gay y que ya no lo era, que había formado una familia.

Yo nunca había escuchado que esto pudiera revertirse. Dentro del mensaje bíblico había una idea de que había que modificarlo, pero como un deseo, no como algo concreto que pudieras aplicarte a vos mismo para llegar a ese fin.

En ese momento había en las iglesias una especie de necesidad de encontrar manifestaciones de Dios en cualquier cosa. Traían al exadicto que después de encontrarse con Dios había cambiado sus hábitos, y era «mirá lo que hizo Dios en esta persona». Esto era muy parecido.

Así que me contacté con él. Empecé terapia individual, y a los pocos meses, por sugerencia suya, me sumé también a una grupal: éramos ocho o diez, todos chicos de entre veinte y treinta, todos de iglesia, todos en la misma. Intentando cambiar.

El diagnóstico salió en una tarde

El mensaje era bastante lineal: atribuir la homosexualidad a algún desencadenante de la crianza o de la primera infancia. Cómo te criaron, y si había alguna cuestión adicional, la diagnosticaban en base a eso.

El mío fue muy fácil. Yo tenía una relación muy complicada con mi papá, así que listo: falta de vinculación con el padre. Y había perdido a mi mamá a los 14, así que también perdí la figura materna, que además era bastante sobreprotectora. Listo.

Te daban un par de datos y con eso concluían que eso había ocasionado tu homosexualidad. Y que entonces había trabajo para hacer: desarmar o restaurar aquellas cosas que estaban dañadas. Y a raíz de eso, chin: heterosexualidad.

Parecía un poco mágico. Pero en ese momento, jugado por jugado, porque yo estaba desesperado: no veía posible ser gay. Era tanta la presión familiar y social, y yo mismo ya me lo había creído en algún sentido. Era muy difícil ir contra lo que considerás máximo.

No era una terapia. Era una escuela

Nos juntábamos cada quince días. Te mandaban bibliografía por mail: artículos psicológicos, algunos bíblicos, todos patologizando la homosexualidad, siempre buscando sanar las áreas heridas de tu personalidad para, a partir de ahí, ir restaurando tu sexualidad.

Y había que dejar hábitos. Pornografía, masturbación con imágenes masculinas, encuentros con chicos. El recorte de todo, para ir metiéndote la idea de que podías sentir algo distinto.

En el grupo había una especie de confesión general: si incumplías alguna de las normas, tenías que confesarlo en público.

Para qué servía eso

Era una manera de controlar. Generarte cierta vergüenza, cierta exposición, y que eso mismo te diera efecto de no querer volver a hacerlo.

Los grupos duraban dos años, y te daban el alta si cumplías con los requisitos.

Yo, como fui un mal alumno, repetí. Hice cuatro años, después uno más, y ahí me dijeron que no podía volver a hacerlo porque ya estaba. En total fueron cinco años, de los 18 a los 23. Mucho tiempo. Y a esa edad todo está muy hormonizado; es muy difícil.

Yo lograba varios meses sin «prácticas». Pero por más que te digan un montón de cosas y quieran recortar un montón de cosas, a la larga la esencia no la matás. Aunque lo intenten.

El día que me echaron la culpa

Lo que me sacó fue un mix de cosas, y la primera fue el agotamiento. Fueron cinco años en los que di el 120% de mi energía. Sobre el final estaba muy cansado, y sentía que llegaba a una situación límite en la que no podía más.

Y en una de las últimas charlas con los líderes yo reclamé. Les dije: me dijeron que hiciera esto, lo hice. ¿Qué pasa que no pasa?

Me devolvieron la pelota. Me responsabilizaron a mí del fracaso del proceso.

Eso fue el punto de quiebre, pero no como ellos esperaban:

Si esto no funcionó, estoy seguro de que no fue por culpa mía.

Y mirá que la culpa la venía arrastrando. Pero estaba seguro de que si algo no había funcionado, era externo. Entonces dije: bueno, pensemos qué puede haber sido.

Justo en ese momento yo empezaba a estudiar psicología, y había tenido mis primeros acercamientos a textos que decían otra cosa. Empecé a buscar, y me pareció que la cosa podía venir por otro lado. Que no tenía que ver conmigo.

«Esto nunca me lo habían dicho»

Ahí aparecieron algunas personas importantes. Un gran amigo, excapellán, que me mostró alternativas. Me dijo: pará, a vos te dijeron esto, pero puede ser diferente. Y me mostró otras miradas, otras formas de compatibilizar la fe con la homosexualidad como algo posible.

Y yo caí como: opa, ¿y esto? Esto nunca me lo habían dicho.

A partir de ahí empecé a abrirme a otras formas de pensar y de vivir. Y rompí con la iglesia — aunque «romper» no es del todo exacto, porque no hubo posibilidad de otra cosa. En el momento en que empezás a cuestionar los dogmas, o a ir contra lo que no debe cuestionarse ni siquiera pensarse, ya te convertís en una amenaza. Mis preguntas eran cuestionables para ellos, y además amenazaban con que otros chicos se hicieran las mismas.

Purgar el veneno

Lo que vino después fue irme y empezar un proceso de construcción propio. Y de purgar todo ese veneno que te van metiendo adentro, que obviamente lleva su tiempo.

Es brutal. Lo hablé muchas veces con otras personas que pasaron por esto: o purgás el veneno, o el veneno que te inyectaron te mata. Nosotros por suerte hoy estamos acá contándolo. Pero hemos visto a otros que no tuvieron la misma suerte, o que no tenían a nadie que les diera aunque sea una mano.

Lo que quiero decirle a alguien que esté en esto

Para quienes durante mucho tiempo no pudimos expresar lo que nos pasaba, lo que sentíamos, quiénes éramos, la contención es hiperimportante. Idealmente la familia, que es el círculo más cercano. Pero si eso no ocurre —y hay familias que lejos de apoyar hacen más daño—, entonces lo que sea: un amigo, alguien del trabajo, alguien que nos ayude.

Si estás transitando algo de esto, vas a poder apoyarte en personas. Buscalas.

Y a quien esté del otro lado: si conocés a alguien que está intentando ir contra lo que siente, sea su identidad de género o su orientación sexual, eso es una alarma. Intentá ayudar. Literal. Es increíble la diferencia en el porcentaje de supervivencia entre quienes encuentran algún apoyo familiar o social y quienes no lo tienen.

Y ayudar no es otra cosa que dar apoyo. Simplemente saber que tenés una persona que está para vos, que te escucha, que intenta comprenderte dentro de lo que puede, con la que podés ser vos sin necesidad de recortar nada y sin juicio.

Tampoco hay que pretender que se asuman ni que salgan del clóset. Sobre todo al principio, uno necesita tiempo para elaborar. Alcanza con estar ahí apoyando lo que la persona vaya percibiendo que es.

Si esto te tocó de cerca. El 135 del Centro de Asistencia al Suicida atiende de 8 a 24, gratuito desde CABA y Gran Buenos Aires, y al (011) 5275-1135 desde el resto del país. Fuera de ese horario, el 0800-999-0091 del Ministerio de Salud atiende las 24 horas en todo el país. Y si querés hablarlo con alguien que pasó por esto, estamos acá.