Nunca tuve intención de curar mi homosexualidad
Gastón fue a terapia por otro motivo, y terminó dos años en un «proceso de restauración» que un psicólogo cristiano armó sin que él se lo pidiera.
Gastón es Licenciado en Psicología, de Santa Fe, y parte del equipo de Nada que curar. A los 19 empezó terapia por otro motivo: su psicólogo armó, sin que él lo pidiera, un «proceso de restauración» que incluyó un campamento de diez días en Córdoba. Hoy cuenta su historia para que nadie más pase por lo mismo.
¿Cómo llegué a los ECOSIEG?
ECOSIEG son las siglas de «Esfuerzos de Cambio de la Orientación Sexual, Identidad y Expresión de Género»: la forma que usan los organismos de derechos humanos y el proyecto de ley argentino para nombrar lo que se conoce popularmente como «terapias de conversión» o «cura gay» (más detalle en el glosario).
Comencé una militancia en comunidades misionales a los quince años. A los diecinueve, estudiando psicología, armamos un grupo pastoral en el que un compañero me recomendó un psicólogo. En paralelo venía viéndome con un chico, y fue a partir de esto que el psicólogo empezó a establecer una serie de pautas para deshacer mi vínculo sexoafectivo. Pero eso no fue todo.
Nunca tuve intención de curar mi homosexualidad. No fui al psicólogo para eso, ni sabía que él aplicaba ese tipo de prácticas.
Por esos años escribí esto:
Tengo una injusticia que me arde y una ternura que me acaricia las tripas. Ese triperío constante y sonante que una vez casi me mata. Tengo la lengua muy larga, las medias muy cortas y un frío que no es mío, que soporto como puedo, a veces tiritando, pero con ritmo, siempre con ritmo.
La «cura gay»
El psicólogo cristiano venía una vez por semana desde Rosario a atender en Santa Fe. En 2006 me indicó hacer un campamento de «cura gay» de diez días en la provincia de Córdoba. Ahí decidí contarle a mi familia, sin el consentimiento del psicólogo: él creía que ellos no debían enterarse.
Alguna vez había escuchado discursos homofóbicos de parte de la iglesia, pero nunca les había dado el crédito que le di a escucharlos en boca de un profesional de la psicología y de la red confesional que él me presentó: una red cordobesa y tres organizaciones internacionales, cuyos referentes conocí en el campamento. Se referían a la homosexualidad, explícitamente, como una enfermedad —un «quebrantamiento de género»— que debía curarse. Y afirmaban saber cómo.
A los veinte años, ya convencido de que la homosexualidad era una enfermedad que debía curarse, empecé ese «proceso de restauración» que sería la etapa más dolorosa de mi vida.
Esa juventud que no fue, que no pudo ser, porque las «terapias de conversión» que me indicaba mi psicólogo pretendían obligarme a alcanzar la masculinidad hegemónica. La presión de esa autoridad «moral-psicológica», en un escenario de condena social, me oprimió el cuerpo y la conciencia hasta convencerme de estar «enfermo de homosexualidad» y de que un proceso de «cura» era necesario y posible.
La cura implicaba romper con todo lo que llamaban «estilo de vida gay»: cortar amistades, por más profundas o estrechas que fueran; evitar hábitos «feminizantes» como cruzar las piernas, mover las caderas al caminar, bailar. Se prohibía escuchar la música asociada a ese «estilo de vida», así que tuve que deshacerme de CDs y casetes, tirar fotos y recuerdos, evitar pensar en «cosas gay» o en cualquier cosa catalogada como femenina, y no hablar de deseo con otros varones.
Me instaban a perseguir un conjunto de procedimientos coercitivos que tenían como fin la heterosexualidad forzada, al punto de insistir en que saliera con mujeres para generar ese deseo. Para lograrlo, tenía que vincularme con «varones sanos» —padres de familia— y aprender de ellos sus gestos, sus acciones, imitarlos. Evitar «cosas femeninas»: arreglarme demasiado el cabello, mirarme al espejo, prestarle atención al aspecto físico o a la estética. Deshacerme de la ropa de colores, de los shorts muy cortos, de todo lo que fuera «claramente gay» — hasta de la ropa interior, o de accesorios.
A veces pienso en «la marica que pude ser», así de cierto, como potencial y como realidad acabada. Y acá estamos, intentando sernos, mientras venimos siéndolo.
Los efectos
Me costó mucho salir de esa manipulación. Reconocer y aceptar lo que sentía, y permitirme vincularme con personas que me gustaran. Todavía sigo identificando secuelas de aquellos años.
Uno de los mayores daños es hacernos creer que nuestro sentir es pernicioso, malo. Tuve que reaprender que mi registro emocional no estaba errado, y que es una fuente de información válida para la vida.
Y otro daño primordial es vivir durante años, incluso después de terminado el (des)tratamiento, con la creencia instalada de que algo en mi interior estaba dañado, que algo estaba roto en mí. Ese «ser dañado» tardó mucho tiempo en poder mirarse de otra manera. Hizo falta una red de apoyo que me sostuviera y me devolviera una mirada amorosa sobre mí mismo.
La memoria como lugar para sanar
Considero humillante ese tiempo mal vivido —perdido—, esos años de mi juventud y los que vinieron después, porque esas marcas no se borran de un día para el otro. Me siento estafado, moral y económicamente. Fui sometido a un estilo de vida que anulaba por completo mi forma de ser y de estar en el mundo: una violencia psicológica devastadora, que no le desearía a nadie.
Encontrarme con otres, de los cientos que pasamos por esto, me reconforta. Saber que sobrevivimos.
Mi registro emocional no estaba errado. El daño no fue haber sentido lo que sentí: fue que me convencieran de que había que curarlo.
Esa necesidad de recuperar la propia historia fue la que lo llevó a crear, junto a un equipo de edición e ilustración, «La Cura, Memorias Invertidas»: una obra de danza-teatro unipersonal autobiográfica, y el fanzine del que sale este texto.
Hoy Gastón es Licenciado en Psicología, especialista en Salud Social Comunitaria, vive en Santa Fe y es parte del equipo de Nada que curar.
Lo que a Gastón le armaron como «proceso de restauración» es, para los organismos de salud y de derechos humanos, exactamente lo contrario de un tratamiento: la ONU, la OPS y las asociaciones profesionales de psiquiatría coinciden en que estas prácticas no tienen sustento médico y pueden equivaler a tortura. Podés ver el detalle, con las fuentes, en estadísticas y respaldo internacional.
Esta es una historia, no una receta. Gastón encontró su forma de recuperarla escribiendo y haciendo teatro; otras personas la recuperan de otras maneras, o todavía la están buscando, y ninguna versión está mal. Si leer esto te movió cosas, podés hablar con alguien que pasó por lo mismo.