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Una historia · contada por Pholo

Construyendo una vida que antes no podía imaginar

Una historia de transformación y esperanza contada por un protagonista sensible.

Pholo
La historia en pocas líneas

Pholo tiene 35 años, nació en Gualeguaychú, estudia derecho y vive con su pareja. Ganó el premio a la diversidad de su ciudad. Hace carnaval, transformismo, y escribe.

Durante cinco años lo sometieron a un proceso que le dijeron que lo iba a curar. No lo curó porque nunca estuvo enfermo. Lo que sí hizo fue dejarle un dolor en el cuerpo que no se borra y una convicción: que lo que le pasó a él no le pase a nadie más.

Creciendo en Gualeguaychú

Mi nombre es Pholo, tengo 35 años, nací en Gualeguaychú, Entre Ríos.

Vengo de una familia conservadora, con buen nivel económico. El tipo de familia donde todos tienen que casarse, tener cuatro hijos, ser de determinada manera, pensar de la misma manera, y mostrar solo lo que todos quieren ver. Mis abuelos fueron personas reconocidas en la ciudad.

Mucha expectativa del deber ser.

Desde chico me sentí un problema para mi familia. Quizás por mi dislexia, quizás por ser distinto. En mi casa se hablaba de mí como el hijo que no andaba bien.

En la secundaria repetí dos veces más. Fue una mezcla de no encajar y de rebelarme contra la presión y la incomodidad que sentía en mi entorno.

Esa incomodidad era constante en la secundaria. Sufrí mucho bullying. Recuerdo una escena muy violenta y muy cotidiana. Un compañero del colegio, luego de darse cuenta de mi orientación sexual, me persiguió todo el trayecto desde la escuela hasta la casa de mi abuela, escupiéndome. Me insultaba y humillaba por ser homosexual.

Esas experiencias te llenan de miedo, de vergüenza y de bronca.

El día que me encontraron

A los 17 años tuve mi primera experiencia sexual con un hombre. Fue algo que me abrió un mundo que había estado negándome. Después de eso empecé a explorar más, a conocer gente de manera escondida. Usaba internet cuando mi familia se iba, armaba encuentros que tenía que mantener en secreto.

Un día le pedí a mi papá la llave de una de las cabañas que teníamos. Le inventé que era para un cliente que quería alquilar. La verdad es que había conocido a alguien y quería tener un lugar donde estar con él sin que nadie me viera. Mi papá me dio la llave sin sospechar nada.

Esa noche salimos de joda. Volvimos a la cabaña. Nos duchamos juntos en ese baño que tenía una puerta de vidrio con cortina. No sabíamos que la vecina estaba espiando desde su ventana. Nos vio todo.

El marido de esa mujer era psiquiatra.

El momento en que todo cambió

Volví a casa esa noche como si nada. Al día siguiente mi papá no dijo nada. Me dejó ir a la playa con el mismo chabón. Volví, me bañé, la casa seguía en un silencio que no sabía cómo interpretar.

Pero mientras yo estaba en la playa, mis padres habían ido a hablar con la vecina. Lo supe después, cuando vi que mi mamá volvía con el manojo de llaves de la cabaña en la mano.

A la noche, cuando ya estábamos todos para dormir, mi mamá apareció en la puerta de mi habitación. Había algo en su forma de estar ahí que me hizo saber que esto era lo que había estado esperando. Hay un miedo intuitivo en esas situaciones, una adrenalina que te prepara para lo peor.

Abrió la puerta de golpe y me lo dijo directo: «Vos sos puto».

Le dije que sí.

Empezó a gritarme. Que cómo podía decirle eso. Que cómo podía ser así. Que le estaba mintiendo, que esto no podía estar pasando. Que yo estaba enfermo.

Se fue a la habitación con mi papá y se encerraron. Los gritos empezaron enseguida. Yo escuchaba todo desde mi cuarto, que quedaba casi al final del pasillo. Cada palabra atravesaba las paredes. Estoy seguro de que mis hermanos también escucharon, pero nadie salió de su habitación.

Mi papá vino después. Levantó la mano como para pegarme. No llegó a hacerlo, pero el gesto quedó ahí, suspendido en el aire entre los dos. Me dijo: «¿Vos entendés lo que tu mamá me está diciendo?»

Se fue. Volvió un rato después. Y me dijo algo que todavía hoy escucho en mi cabeza:

«Vos vas a terminar muerto en una banquina si no nos hacés caso con todo lo que tenés que hacer. Vos estás enfermo. Lo vi en otras personas. Y esto se puede solucionar.»

Esa noche no durmió nadie en la casa.

La fundación

Mi familia era muy allegada al Opus Dei. En nuestra casa se hacían las reuniones, las charlas. Mi papá llamó al sacerdote que coordinaba todo eso y le contó lo que estaba pasando. Ese hombre le recomendó un lugar en Buenos Aires: una fundación que, según él, podía ayudarme.

Todo se movió muy rápido. En esa misma semana me llevaron primero a un psicólogo acá en Gualeguaychú. Supongo que no les dijo lo que querían escuchar. Entonces decidieron ir directo a la fundación de Buenos Aires.

Me sacaron el teléfono. Después, con el tiempo, me sacaron hasta la puerta de mi habitación. No podía salir de casa. No podía hablar con nadie. Vivía vigilado, aislado, esperando a que decidieran qué hacer conmigo.

Esto fue en 2011. Yo tenía 21, 22 años. Técnicamente era mayor de edad, pero en una familia como la mía, eso no significaba mucho. Era completamente dependiente de ellos. Vivíamos lejos de la ciudad. No tenía plata, no tenía auto, no tenía adónde ir.

El primer día en la fundación me metieron en una cámara Gesell. Me hicieron dibujar, escribir cosas. Mientras tanto, en otro consultorio, le hacían a mis padres una presentación de lo que iban a hacer conmigo.

Después el psicólogo me preguntó si era sexualmente activo. Le dije que sí, que estaba siendo honesto con él. Me miró y me dijo que estaba mintiendo. Le insistí que no, que le estaba diciendo la verdad.

Se quedó mirándome un momento y me dijo: «Si vos querés irte en paz con tu familia, decí la verdad…». Dejó la frase ahí, en el aire. Sonaba como una advertencia de lo que vendría si seguía siendo sincero.

Me llevaron a un cuarto en el fondo del edificio. Había libros viejos, computadoras apagadas, archivos apilados. Me dejaron ahí solo mientras hablaban con mis padres en otro consultorio.

Cuando volvieron, hicieron pasar a mis padres. Les pusieron algo adelante para que firmaran. Después mi mamá vino donde yo estaba y me dijo: «Firma».

Le pregunté qué era lo que estaba firmando.

«Firma», me repitió.

Firmé. Hasta el día de hoy no sé qué decía ese papel. No tuve opción.

Cinco años

Durante cinco años viajé dos veces por semana a Buenos Aires. Cuatro o cinco horas de ida. Cuatro o cinco de vuelta. Dos veces por semana, sin falta. Cuando no podía viajar, hacíamos sesiones por Skype. No había descanso.

Ellos trabajaban en equipo, como una pinza. Había una psicóloga que entrenaba a mis padres, que les enseñaba cómo generar presión en la casa, cómo vigilarme, cómo limitarme. Y del otro lado estaba el psicólogo que trabajaba directamente conmigo. O mejor dicho, que trabajaba en desarmarme. En degradarme. En convencerme de que había algo roto en mí que necesitaba arreglarse.

Terminé devastado. Mentalmente destruido. A veces me pregunto si otra persona hubiera aguantado lo que yo aguanté durante esos años, pero la verdad es que no lo sé.

Me escapaba cada vez que podía. Me juntaba con gente que no me hacía bien, pero era la única gente que tenía. No caí en drogas ni en alcohol, pero sí en relaciones que me lastimaban, en situaciones que me ponían en riesgo. Estaba completamente solo. No tenía amigos de verdad. No tenía una red. Sólo tenía a esas personas que aparecían y desaparecían.

Los viajes en micro eran lo único que tenía para mí. Esas horas donde nadie me vigilaba, donde podía sentarme al lado de la ventana y llorar tranquilo. Escuchaba música. Trataba de convencerme a mí mismo de que lo que yo sentía no estaba mal, de que algún día esto se iba a terminar.

En las sesiones nunca se hablaba directamente de la homosexualidad. Querían omitirla, como si no existiera. Trabajaban sobre todo lo demás, como si el problema fuera yo, no mi orientación sexual. Como si arreglando todo lo otro, esto también se arreglara.

En la última sesión, después de cinco años, el psicólogo finalmente lo dijo: «¿Sabés qué? La homosexualidad es una patología».

Le pregunté: «¿Y por qué, si yo siento amor por otro hombre, eso va a ser una patología?»

Me miró y me dijo: «Lo hablamos en la próxima sesión». Se paró, caminó hasta la puerta, la abrió. Me estaba echando.

Bajé las escaleras de mármol con un nudo en la garganta. Caminé por el pasillo donde había un monumento de la Virgen con velitas encendidas. Busqué a la otra psicóloga. Necesitaba que alguien me dijera que lo que acababa de escuchar no podía ser real.

Le conté lo que me había dicho el psicólogo.

Me miró y me respondió: «Seguro que te lo dijo porque estás listo para escucharlo».

Ese fue mi punto de quiebre. Decidí no volver más. Durante un año entero me negué a seguir asistiendo a las sesiones. Mi familia me presionaba, me insistía, me exigía que volviera. Pero yo me resistí. Fue un año de tensión constante, de sentirme bajo vigilancia, de conflictos todos los días. Pero no iba a volver.

La presión no paró. Y la sensación de no pertenecer a ningún lugar tampoco.

El galpón

Salí de la fundación caminando sin rumbo. No sabía bien dónde estaba. Caminé hasta que encontré una plaza. Me senté abajo de un árbol, me hice bolita contra el tronco y me largué a llorar.

Nunca en mi vida me había sentido tan solo.

Después de un rato junté fuerzas y caminé hasta Retiro. Tomé el micro de vuelta a Gualeguaychú. Lloré todo el viaje. Cuatro horas mirando por la ventana, con los auriculares puestos, llorando.

Cuando llegué a casa entré y todo estaba en silencio. Esa clase de silencio que te hace sentir que estás en el lugar equivocado. Empecé a escuchar mi cuerpo, a darme cuenta de que eso ya no era mi casa. De que esas personas ya no eran mis padres. Todo se sentía frío, ajeno.

Esa noche, cuando ellos se fueron no sé adónde, me fui al galpón donde guardábamos los autos.

Estuve ahí 30 minutos. Contemplando una decisión muy oscura. No escuchaba mi mente. No escuchaba mi corazón. No escuchaba mi cuerpo. No puedo explicar el dolor que es llegar a un punto donde nada de lo que te mantenía en pie tiene sentido. Donde todo desaparece y lo único que queda es un vacío insoportable.

Entendí con el tiempo, que cuando pasás por torturas como estas y llegás a ese punto de quiebre absoluto, no se te quiebra el corazón. No se te quiebra el cuerpo. Se te quiebra el alma. Y ese dolor te abarca todo.

En medio de esa soledad, esa noche decidí seguir adelante de todas formas.

Capital

Esa misma noche agarré un bolso y me escapé. Me fui a la casa de una chica que había conocido tiempo atrás, alguien con quien había hablado de todo esto. Le dije que no aguantaba más estar ahí. Me dejó quedarme y me escondí abajo de su cama cuando escuchamos que llegaba la policía.

Mis papás me habían denunciado como desaparecido. Habían revisado la computadora, encontrado los chats, y mandado a la policía directo a su casa. Revisaron toda la casa de mi amiga. No me encontraron debajo de la cama.

Cuando la policía se fue, le di un abrazo a mi amiga y me fui. Tomé un colectivo a Capital Federal. Estuve varios días durmiendo en la plaza de Retiro. Había una policía que me traía galletitas y un tupper con comida a la noche, y me dejaba entrar a la terminal de subte cuando hacía mucho frío. Nunca supe su nombre, nunca la volví a ver.

Mis papás me habían publicado como desaparecido en todos lados. Gente me reconocía en la calle y me decía: «Te están buscando». Cada vez que pasaba, yo les contaba lo que me había pasado.

En un momento decidí volver. Pero no a mi casa, sino a la jefatura de policía. Fui ahí directamente y hablé con el jefe. Le dije que necesitaba levantar la denuncia yo mismo. Me miró y me dijo algo tan obvio que no puedo creer que tuviera que escucharlo de un policía: «Sos mayor de edad. Sos libre de hacer lo que quieras».

Caminé tres o cuatro kilómetros desde la jefatura hasta la casa de mi papá. No tenía ni un peso. Llegué, entré, y ellos me recibieron como si nada. «Hola», como si yo hubiera salido a comprar el pan. Todo normal, todo en orden.

Dos días después volví al galpón. La soga seguía ahí, colgada en el mismo lugar. Nadie se había dado cuenta de nada.

Salir

Lo único que me quedaba era seguir escapándome cada vez que podía. Caminaba desde mi casa hasta el centro de Gualeguaychú, cinco kilómetros por la ruta, porque no tenía plata para el colectivo. En uno de esos viajes conocí a un hombre.

Me dijo que me fuera a vivir con él, que no podía dejarme seguir en esa casa. Y eso hice. En 2016, 2017, por primera vez en mi vida viví solo, fuera de la casa de mis papás. Él me refugió, me protegió, fue un amor de persona conmigo.

La relación no duró. Él era mucho más grande que yo y teníamos objetivos muy distintos. Yo quería estudiar, construir algo. Él estaba conforme con su vida como estaba. No funcionó, pero siempre voy a estar agradecido con él por haberme dado ese espacio cuando más lo necesitaba.

Después conocí al amor de mi vida.

Hace tres años que estudio derecho. Quiero hacer justicia, no sólo por mí, sino para que lo que me pasó no le pase a nadie más.

Empecé a vivir el carnaval, el transformismo, el arte escenográfico. Empecé a hacer todo lo que a otros les incomodaba y a mí me hacía feliz. Aprendí de un montón de personas. Hice amigos de verdad. En una ciudad chica donde todos se conocen, me gané mi lugar.

Hace un año gané el premio Ronny del corso barrial, que es el premio a la diversidad de Gualeguaychú. Me llamaron de medios de comunicación de toda la provincia. Conté mi historia públicamente por primera vez.

Hoy

No tengo contacto con mis padres. Hace tres años fui a la casa a buscar mis cosas. Tuve que coordinar con la empleada para poder entrar. Busqué mis fotos, mis documentos, todo lo que era mío. Mi partida de nacimiento la tuve que pedir yo mismo al registro civil porque ellos no me la daban.

La única persona de mi familia con la que hablo es una de mis hermanas. Sé que sufre por lo que me pasó, pero está muy cerca de mis papás. En realidad todos mis hermanos lo están. Es una situación difícil para ellos también.

Sé que todo esto también les duele a ellos. Yo no quise romper a mi familia. Pero tampoco puedo hacer nada al respecto.

Tengo que seguir adelante con mi vida. Me quedan dos años para recibirme de abogado. Tengo que construir la familia que estamos formando. Eso es lo que importa ahora.

Me refugié mucho en Cristo durante todo esto. No voy a la iglesia porque pienso que la iglesia es un lugar donde la gente va a pedir perdón, y yo no tengo por qué pedir perdón por nada de lo que soy. Lo único que hice fue amarme a mí mismo y ser sincero.

Escribo mucho. Creo cosas. Descubrí que soy bueno creando. El dolor generó todo eso en mi cabeza, y ahora lo que más disfruto es sacarlo afuera, transformarlo en algo.

El premio Ronny lleva el nombre de una persona trans que fue asesinada en Gualeguaychú hace años. Nunca hubo justicia para ella. Era muy querida en el barrio. Cuando salía en el carnaval traía tanta alegría que la gente la esperaba. Se ganó un lugar en el corazón de la ciudad a pesar de todo.

Cuando camino en el circuito del carnaval con mi personaje, cuando defiendo ese espacio, siento que algo parecido me pasa a mí. Por primera vez en mi vida siento que puedo ser parte de algo más grande que mi dolor.

No pido venganza. No pido plata. No pido nada para mí. Sólo pido que no le vuelva a pasar a otra persona.

Pienso mucho en mis padres, en la culpa y el dolor que todo esto les debe causar. Pero lo único que quiero, lo único que pido, es que la fundación que transformó a mi familia en lo que terminó siendo, cierre sus puertas. Que nunca más le hagan esto a nadie.

No pido venganza. No pido plata. No pido nada para mí. Sólo pido que no le vuelva a pasar a otra persona.

Quiero que quede registrado para siempre lo que me hicieron. Por si le pasó a alguien más en ese mismo lugar. Para que haya prueba de que estas cosas existieron, de que pasaron, de que no son inventos ni exageraciones.

Yo lo viví. Yo lo vi todo. Y por eso necesito que quede escrito.

Hoy tengo 35 años y estoy construyendo una vida que antes no podía imaginar. Estudio derecho para que todo esto tenga un propósito. Tengo una pareja que me ama. Tengo un lugar en mi ciudad. Tengo una voz.

El dolor sigue estando, no voy a mentir. Pero también está la esperanza de que contar esto ayude a alguien que lo necesite. De que la próxima persona que esté pasando por algo así sepa que no está sola. De que las cosas sí pueden cambiar.

Yo sobreviví. Y eso ya es todo.

Pholo sonriendo, con su personaje de carnaval.
Pholo, hoy. Fotografía: La Mala Revista