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Deconstruir

Soy gay y no quiero serlo

Si escribiste eso en el buscador, no vinimos a discutir con vos. Vinimos a contarte qué nos pasó a los que lo intentamos, y a qué precio.

Lo esencial

No querer ser gay casi nunca es no querer que te gusten las personas de tu mismo sexo. Suele ser no querer perder tu familia, tu fe o el futuro que imaginaste. Son cosas distintas, y separarlas cambia qué opciones tenés. No hace falta que decidas nada hoy.

No tenés que decidir nada hoy

Lo primero, porque probablemente sea lo que más te haga falta leer: podés cerrar esta página sin haber aceptado nada. No hay que salir del clóset, no hay que contárselo a nadie, no hay que ponerse una etiqueta. Nada de eso se decide hoy y nada de eso lo decide una página web.

Escribimos esto desde el otro lado del mismo buscador. Varios de nosotros escribimos esa frase, o una parecida, a alguna hora rara de la madrugada, hace bastantes años.

Qué es lo que no querés, en realidad

Vale la pena desarmar la frase, porque casi nunca dice lo que parece decir. Cuando alguien dice «no quiero ser gay», lo que suele haber abajo es una lista bastante concreta:

  • No quiero perder a mi familia.
  • No quiero perder mi fe, ni mi comunidad, ni el lugar donde crecí.
  • No quiero renunciar a tener hijos.
  • No quiero que me miren distinto, ni que se me cierren puertas.
  • No quiero decepcionar a Dios.

Fijate que ninguna de esas cinco frases dice «no quiero que me gusten las personas de mi mismo sexo». Todas hablan de consecuencias, no de deseo. Y eso importa mucho, porque las consecuencias tienen respuestas —algunas buenas, algunas difíciles, algunas que tardan años— mientras que el deseo no tiene ninguna palanca conocida.

Separar las dos cosas no resuelve nada por sí solo. Pero cambia la pregunta: dejás de buscar cómo dejar de sentir lo que sentís y empezás a mirar qué querés hacer con tu vida, que es una pregunta que sí tiene salidas.

Las tres explicaciones que te van a ofrecer

Si lo hablás en una iglesia, es muy probable que te ofrezcan una de estas tres, y a veces las tres en secuencia. Vale conocerlas antes, porque las tres tienen la misma estructura.

Las explicaciones más frecuentes y qué hace cada una con vos
Lo que te dicenQué te deja
«Es una herida, algo se rompió»Que hay algo defectuoso en vos que hay que reparar. La búsqueda no termina nunca, porque no hay nada que arreglar.
«Quizá sufriste un abuso y no te acordás»Una hipótesis que no se puede comprobar ni descartar. Si no te acordás, siempre se puede decir que está reprimido. Podés pasar años buscando algo que capaz nunca pasó.
«Es una influencia espiritual»Que dejás de ser una persona con una característica y pasás a ser un territorio en disputa. Es la que más miedo produce y la más difícil de discutir.

Así lo describe alguien de este equipo, que pasó por las tres:

Tu identidad empieza a enroscarse más, porque pasaste de que estás roto, que estás enfermo, que estás endemoniado, a mil cosas, pero ninguna buena.

Ese es el patrón: las tres empiezan aceptando que hay un problema y solo discuten cuál es la causa. Ninguna se detiene un segundo en la posibilidad de que no haya nada roto.

«Ponete de novio»: a dónde lleva ese consejo

Es el consejo más común y el que suena más inofensivo. Lo escuchamos una y otra vez, y en este equipo también lo recibimos: un pastor que aconseja ponerse de novio con una mujer, que ese es el camino, que ahí va a estar el milagro y que eso va a traer la familia que uno quiere.

Y «funciona», en el sentido en que estas cosas funcionan. En el caso que conocemos de cerca hubo un enamoramiento real de una amiga, un compromiso, y antes de casarse una confesión de lo que en ese momento se llamaba «esta enfermedad, entre comillas». Ella aceptó el desafío de ir juntos hacia adelante, convencida de que Dios iba a hacer el milagro.

Estuvieron casados trece años.

Y no hay arrepentimiento por esos trece años, que es importante decirlo con todas las letras: hubo amor, compañerismo y dos hijos que hoy son lo mejor de esa vida. Nada de eso fue mentira. Pero también hubo trece años de ocultar, de engañar, de arrepentirse y de culpa. Y una segunda persona, que no aparece en ninguno de estos consejos, construyendo su vida entera sobre una información incompleta.

Para quedarte con esto

El consejo «ponete de novio» se da como si la decisión fuera tuya y el riesgo también. No lo es. Del otro lado hay alguien que va a pasar años adentro de una respuesta que no eligió.

Lo que sí sabemos que pasa

Acá dejamos de contar historias y vamos a lo que está medido, porque merecés decidir con datos y no con la palabra de nadie —tampoco la nuestra.

Las principales asociaciones profesionales de psicología sostienen desde hace décadas que la orientación sexual no se cambia y que intentarlo hace daño. La resolución de la American Psychological Association (2021) lo dice de forma explícita. Y la ONU, en el informe A/HRC/44/53 (2020), describe estas prácticas como potencialmente equivalentes a la tortura.

El dato que más conviene tener a mano si te lo están ofreciendo ahora: en el estudio de Blosnich y colegas (2020), comparando personas LGB que pasaron por prácticas de conversión con personas LGB que no pasaron, quienes pasaron tenían casi el doble de probabilidad de ideación suicida a lo largo de la vida. Y de todas las personas que las recibieron, el 80,8% las recibió de un líder religioso, no de un profesional. Si querés los números completos —estos y los del primer informe federal argentino, con la metodología de cada uno— están en las estadísticas.

Hay algo que estos procesos sí cambian, y por eso muchos parecen funcionar un tiempo: cambian la conducta, no la atracción. Podés no tener pareja, podés casarte, podés no hablarlo nunca. Eso se puede sostener durante años. Lo que no aparece en ningún seguimiento serio es que la atracción se vaya.

Si querés el recorrido bíblico completo —los seis textos que probablemente te citaron, uno por uno, con el hebreo y el griego— está en Re-aprender la Biblia. Y si ya lo leíste y aun así no te alcanza, eso también nos pasó: está contado en la página madre de esta sección.

Si te están ofreciendo «un proceso» ahora mismo

Si esto no es una duda tuya en abstracto sino algo que está pasando esta semana —te ofrecieron un retiro, una consejería, «sanidad interior», acompañamiento con un pastor—, dos cosas concretas.

Primero: acá están las señales, con las palabras que se usan de verdad, para que puedas reconocer qué te están proponiendo antes de aceptarlo.

Segundo, y sobre todo si sos menor de edad: en Argentina la Ley Nacional de Salud Mental prohíbe hacer diagnósticos sobre la base de la orientación sexual o la identidad de género. Nadie puede tratarte como un enfermo por esto. Si podés, ganá tiempo antes de aceptar —pedir pensarlo no es negarse— y contáselo a un adulto de confianza que esté fuera de ese circuito, aunque sea uno solo. Si el que se complica es hablarlo en tu casa, esta otra página es sobre eso.

Preguntas frecuentes

¿Se puede dejar de ser gay? +
No hay ninguna evidencia de que la orientación sexual se pueda cambiar, y las principales asociaciones de psicología del mundo lo dicen desde hace décadas. Lo que sí se puede cambiar es la conducta: podés no tener pareja, casarte con alguien del otro sexo, no hablarlo nunca. Eso es lo que en la práctica cambian estos procesos, y por eso muchos parecen funcionar durante un tiempo.
¿Y si fue por un abuso que no me acuerdo? +
Es una de las explicaciones que más se ofrecen y conviene mirarla de cerca, porque tiene una trampa: está construida para que no se pueda comprobar ni descartar. Si no te acordás de nada, siempre se puede decir que el recuerdo está reprimido, y quedás buscando indefinidamente algo que quizá nunca pasó. Si viviste un abuso, merece atención terapéutica por sí mismo, no como causa de tu orientación.
¿Puedo casarme con alguien del otro sexo y que funcione? +
Podés casarte, podés querer mucho a esa persona y podés tener una familia hermosa. Lo que casi nunca pasa es que la atracción cambie. Y hay alguien más en esa ecuación que rara vez se nombra: la otra persona, que va a construir su vida entera dentro de una información que no tiene completa. Esa decisión no es solo tuya, aunque hoy lo parezca.
Si no quiero ser gay, ¿tengo que salir del clóset igual? +
No. Nadie te debe hacer sentir que contarlo es una obligación moral o una prueba de valentía. Elegir cuándo, a quién y cuánto contar no es esconderse: es tener límites, y a veces es lo más sensato, sobre todo si dependés de tu familia para vivir o estudiar.
Tengo 15 años y mis papás quieren llevarme a un proceso. ¿Qué hago? +
En Argentina la Ley Nacional de Salud Mental prohíbe hacer diagnósticos sobre la base de la orientación sexual o la identidad de género, así que nadie puede tratarte como enfermo por esto. Si podés, ganá tiempo antes de aceptar: pedir pensarlo no es negarte. Y contáselo a un adulto de confianza fuera de ese circuito, aunque sea uno solo.

Si esto te agarra en un mal momento. El 135 del Centro de Asistencia al Suicida atiende de 8 a 24, gratuito desde CABA y Gran Buenos Aires, y desde el resto del país al (011) 5275-1135. Fuera de ese horario, el 0800-999-0091 del Ministerio de Salud atiende las 24 horas en todo el país. Y si lo que necesitás no es una línea de crisis sino contárselo a alguien que entienda de qué estás hablando, estamos acá.

Fuentes y para seguir leyendo