Esperé un milagro que nunca necesité
Esta es la historia de Emi, en primera persona, contando su experiencia y su aprendizaje.
Emi tiene 43 años, dos hijos hermosos, trabaja en una empresa de tecnología, y estudia psicología, hace comedia musical y es fanático de los juegos de mesa.
Creció en una familia cristiana evangélica. Desde chico sintió y aprendió que algo estaba roto dentro suyo, que algo no estaba bien. Le costó casi 40 años re-aprender que ese milagro nunca hizo falta, que no había nada que curar.
Lo supe a los ocho años
Mi nombre es Emi, tengo 43 años, dos hijos, y hace cuatro años salí del closet. «Salí del closet» es una forma de decirlo, porque en realidad fue un proceso del que estuve consciente desde los ocho años, diez quizás.
Desde chico estuve consciente de que me gustaban los varones. No tenía una atracción sexual a esa edad, pero sí existía una atracción que no sentía hacia las nenas.
También desde pequeño supe que eso estaba mal. Mis papás me lo dijeron claramente. Desde señalarme que mis gestos no eran de varón, que no tenía que juntarme tanto con amiguitas y tenía que ser más varonil, hasta otras conversaciones. Todas esas conversaciones dejaron en claro que la homosexualidad no estaba bien, que era pecado, que no le gustaba a Dios, ni a ellos, ni a todo mi entorno.
Cuando sos chico lo que aprendes se convierte en tu realidad. Lo que aprendí moldeó mi visión de quién tenía que ser y de quién era Dios.
Entendí que estaba roto, que algo no estaba bien. Intentaba no tener los gustos que tenía, pero no podía evitarlo. Más adelante, en la adolescencia, tenía momentos en que estos sentimientos se desbordaban y luego inmediatamente venía la culpa. Esto me enseñó a ocultar todo, muy bien. Me volví un experto en ocultar.
La homosexualidad se asociaba siempre a lo que no está bien, a lo que hay que hacer en lo oculto. A algo roto, algo enfermo, el pecado. A lo que hay que sacar, a lo que no debería estar.
Mi familia es cristiana evangélica. Mis viejos siempre han sido amorosos conmigo y siempre han intentado darnos lo mejor. Pero para ellos lo mejor es lo que está asociado con las creencias cristianas, y las creencias cristianas ven a la homosexualidad como lo peor.
Le conté a un pastor
Queriendo alejarme de lo peor, o creyendo que esto era lo peor, con el tiempo me animé a hablar de esto con alguien de la iglesia. Con un pastor.
Ahí empezó el interpretar el origen de las tendencias homosexuales como influencias demoníacas, o como situaciones de abuso. Empecé a creer eso. Que había sido abusado pero no me acordaba. Que tenía demonios adentro.
Tu identidad empieza a enroscarse más. Pasaste de estar roto, a estar enfermo, a estar endemoniado. Mil cosas, pero ninguna buena.
Con el tiempo participé de oración, de sanidad, de distintas prácticas que apuntaban a quitarme este problema que era mi homosexualidad.
Ninguna funcionó. Pero sí funcionaron para aumentar la culpa, la persecución, mi habilidad de ocultar.
Me volví experto manteniendo vidas paralelas: una vida cristiana y pública, y a la vez una vida privada que en ese momento me parecía desordenada. Experto en disociar, en mantener mi sexualidad en lo marginal, en lo oculto. En asociar que la homosexualidad sólo era una compulsión y no algo que condujera al amor o a la familia.
Me aconsejaron casarme
Hablando con el pastor, me aconsejó que buscara ponerme de novio. Que buscara tener una atracción con una mujer.
En el medio de todo me enamoré de una mujer. Me enamoré de una amiga, de alguien que aprecio, que quiero. Empezamos a conocernos, después a ser novios. Siempre aconsejado con que sí: que ése era el camino, que iba a ser finalmente el milagro, que era lo que iba a traer familia y prosperidad y todo lo que Dios tenía para mí.
Avanzamos con el noviazgo aún cuando yo tenía dudas, pero confiaba en que Dios iba a hacer el milagro. Antes de casarnos hablé con ella y le conté de esta "enfermedad" que tenía. Ella amorosamente aceptó el desafío de ir juntos hacia adelante, sabiendo que Dios iba a hacer el milagro y que me iba a sanar.
Yo lo encaré con esa misma mentalidad. Convencido de que esto no tenía que estar, de que Dios iba a obrar. Quería una familia, quería ser padre, quería lo que me habían dicho que estaba bien. Y lo iba a lograr.
Tuvimos trece años de matrimonio de los que, si soy sincero, estoy tremendamente agradecido. Fuimos muy compañeros, aprendimos mucho juntos, sanamos muchas heridas, enfrentamos desafíos juntos, disfrutamos, reímos, lloramos. Ella es una mujer increíble que ha sido parte crucial de mi vida. Tuvimos una hija y un hijo, sin los que ya no imagino la vida. Estoy agradecido de tenerlos, de ver cómo crecen, los desafíos que enfrentan, las habilidades y talentos que tienen, su forma de encarar la vida, de amar, de aprender, de hacer amistades. Es extraordinario. Estoy tremendamente agradecido y me siento bendecido por ser padre. En particular, por ser padre de ellos. Los amo tanto.
Durante esos trece años también veo el costo de la duplicidad, de ocultar, de engañar, de mentir. Veo el costo en mi cuerpo, en mi psiquis, en mi autoestima, en la de mi compañera también. Vivir ocultando, mintiendo, reprimiendo, no es forma saludable de vivir, ni para el que lo hace, ni para el que acompaña.
Reaprendí la Biblia, y lo tapé igual
Hace unos años empecé, casi sin querer, un proceso de deconstrucción de mi religión. Nada tenía que ver con mi sexualidad. Mi sexualidad no era algo a deconstruir, estaba claro que tenía que enfrentar el desafío de atravesarlo, ocultarlo, y que nunca nadie se enterara. Sin embargo otros aspectos de mi religión sí merecían revisión, había inconsistencias, algunas hipocresías, cosas que no me cerraban.
Me encontré con algunos autores que leían la Biblia de otra forma. No creían que la Biblia es verdad "literal", sino que es un conjunto de cartas, poemas, canciones e historias que tienen un valor y una sabiduría, pero que no necesitan del esfuerzo humano de que todo "sea literalmente verdad" para seguir siendo valiosa. Eso me permitió explorar las dudas que tenía de mi religión y encontrar respuestas que se alineaban mucho más a lo que veía y entendía.
Eso me llevó a re-aprender ideas que sostenía la iglesia con respecto a la evolución, la ciencia, el rol de la mujer, el rol del hombre y hasta el misterio que es Dios. Sin buscarlo, en un momento me tropecé con el tema de la homosexualidad y si es pecado en la Biblia o no. Re-aprendí contextos históricos, significados de palabras, intenciones socio políticas y llegué a la conclusión de que no, no es pecado.
Pero lo tapé. Me dio mucho miedo. Lo oculté, porque no estaba dispuesto a verlo en ese momento, ni a ver las consecuencias de asumir que mi creencia había cambiado. Así que lo tapé, como sabía hacer, y pasaron años.
Durante esos años seguía teniendo esta doble vida: una familia y un matrimonio cristiano público, y en lo oculto tenía creencias que estaban en conflicto con lo que vivía, seguía engañando, mintiendo y no pudiendo asumir la verdad. Lastimando sin querer lastimar. Siendo hipócrita y siendo cobarde.
En todo ese caos, conocí a una persona. Con esa persona entablamos un vínculo de amistad y de exploración. Hablamos de todo. Cuestionamos todo. Ambos en situaciones similares. Ese vínculo me enfrentó con mi propia hipocresía.
Yo pensaba que la homosexualidad, que mis gustos por los hombres, era solo algo físico, pero que nunca podría ser algo emocional. Este vínculo desafió esa creencia. Me habilitó a hacerme las preguntas que tenía tapadas, y a explorar las respuestas con libertad. Empecé a hacer terapia, a explorar mi pasado, a explorar mi presente y a cuestionar mi futuro.
El día que dejé de mentir
En un momento mi mujer me confrontó. Ella sabía que algo estaba pasando con esta persona y necesitaba que deje de mentir. En los años previos ya habíamos tenido alguna escena en donde ella me confrontó con algo similar, nunca tan profundo. Yo siempre pedí perdón, prometí que no iba a volver a ocurrir, guardé todo en un lugar interior, tapé y seguí adelante. Solo para que tiempo después vuelva a ocurrir, y cada vez peor.
Esta vez tenía otra convicción. Lo que estaba mal era seguir haciendo eso, seguir tapando. Porque el precio lo seguíamos pagando no solamente yo, con mi psiquis, sino ella también, sosteniendo una mentira.
Ahí tomé la decisión de dejar de mentir. De enfrentar las consecuencias de haber mentido por tanto tiempo. De asumir la verdad que ahora creía.
El proceso fue doloroso. En la iglesia me pidieron que no fuera más, que no podía volver a entrar. Mis amigos de la iglesia, de más de 20 años, dejaron de hablarme. Mi familia entró en crisis. Me sentía loco. Un momento pensaba una cosa y media hora después pensaba lo opuesto. Mi cerebro no podía agarrarse de nada firme.
Fue un tiempo de confusión, soledad, contradicción de principios. De no entender si estaba haciendo lo correcto o no. De buscar mucho de Dios. De deconstruir lo que creía, de pararme en lo poco que tenía firme que era: "no quiero mentir más". En todo ese dolor empezaron a aparecer momentos de paz. Paz por primera vez en la vida sentía. Una paz que venía de finalmente alinear lo que creo, con lo que digo y con lo que hago. Paz de no tener miedo. Esa paz que echa fuera el temor. Ya no tenía miedo. Había dolor, sí. Pero no había miedo.
Fue doloroso. Fue muy intenso, y también fue muy necesario.
Hoy, casi cuatro años después, mirando para atrás, puedo decir que el dolor es inimaginable. Es profundo y abarca todo.
Pero lo que es profundo y abarca todo también es la paz que vino por cambiar la mentira por la verdad.
Cuatro años después
Hoy miro mi vida y puedo decir que es una vida con integridad. No me oculto, soy quien verdaderamente soy. Sigo siendo la persona generosa, sigo teniendo la misma búsqueda espiritual que tuve siempre, sigo siendo sensible, curioso. Pero sin esta persecución constante. Sin creer que estoy roto. No estoy roto. Por nada.
Mis vínculos cambiaron por completo. Gente que estuvo en mi vida desde siempre ya no está. Pero se sumó gente nueva, tremendamente hermosa, que me hace bien y que vino a formar parte de mi vida con impacto, con familiaridad, con disfrute. Tener y formar vínculos en donde sabés que te quieren por quien sos plenamente, y no por la parte que decidís mostrarles, es gratificante.
Hoy la relación con mis hijos es increíble. Es más linda de lo que jamás me imaginé. Puedo hablar con ellos con un nivel de libertad, de responsabilidad, de cuidado, de disfrute y de amor que nunca pensé que iba a poder tener.
Sin ningún tipo de hipocresía. No hablando desde una posición de autoridad ajena, sino desde lo que verdaderamente soy. Con las contradicciones que tengo, los errores que cometí y el amor que tengo. Eso me hace sentir orgulloso. Me hace sentir paz y amor.
Estoy en pareja con un hombre que amo, que me acompaña, con quien aprendemos y crecemos juntos. Eso me llena de amor y de esperanza. Tengo proyectos, estoy construyendo cosas, estoy planificando y mirando el futuro con una esperanza y con unas ganas de hacer que siempre me caracterizaron y que siguen presentes.
No perdí quién soy: reencontré quién soy y potencié quién soy. Perdí vínculos, sí. Perdí reputación, sí. Gané vínculos, sí. Gané mi identidad y mi forma de hacer.
¿Cambiaría algo de mi historia? No. Cometí errores, hay cosas que hoy no volvería a hacer. Pero son parte de mi historia, son quién soy hoy. Estoy agradecido por todo lo que pasé y por todo lo que voy a pasar.
Esta es una historia, no una receta. Emi salió después de trece años de matrimonio y con dos hijos; otras personas salen a los diecinueve, o a los sesenta, o eligen no salir, y ninguna de esas versiones está mal. Si leer esto te movió cosas, podés hablar con alguien que pasó por lo mismo.